En estos últimos 16 años, el tiempo de mi vida que llevo encerrado en diferentes centros penitenciarios, me ha tocado ver y conocer de todo, muchas personas problemáticas con las cuales he tenido que convivir.
Tuve varios trabajos, entonces no era sorpresa que conociera tantas personas, en el centro preventivo, en el que más dure, lo que más me gustó fue en el trabajo que fungí de ayudante de área médica. Allí, hacía de todo, de mensajero o haciendo el aseo; pero lo que más me gustó era cuando estaba en el hospites (donde están los enfermos). Me gustaba servir las comidas y ayudar en lo que necesitaran médicamente, como limpiarlos, porque allí todos son importantes y al convivir era inevitable que se formará una relación de amistad. Un “gracias” de ellos era una satisfacción que te hace querer salir adelante.
En una ocasión llegó una persona, “N”, persona muy broncuda y que siempre mencionaba que él valía; pero era odioso para muchos, me incluyo.
A “N” lo llevaron de urgencia al área médica con dos piquetes, o dos navajazos, en el pecho, iba grave; muy grave.
A mí me tocó recibirlo para pasarlo a la cama de urgencia. Al ver su estado, no me importó si me caía mal o me había hecho algo, solo me importaba sacarlo de esa situación, me preocupó. Lo preparamos con los enfermeros para cuando llegaran los doctores. Cuando te gusta esto, lo que más quieres es que se recuperen las personas, ayudarles y aliviarles sin importar si te cae bien o mal.
Los doctores preocupados, estaban haciendo lo imposible por salvarle la vida, que para ellos es lo más importante: salvar vidas. Pero qué triste es la vida.. o lo que vales ya sin vida.
Desafortunadamente “N” murió, ¿y de qué valió? De un minuto a otro se volvió indiferente ante los doctores y los presentes; pasó a ser un simple bulto.
A pesar de que a mí me ha tocado vivir varias experiencias de este tipo, no me puedo acostumbrar a ese sentimiento, que no lo puedo explicar: a la tristeza que llena todo mi cuerpo al ver y llevar un cuerpo sin vida a una camioneta (semefo) con caja cerrada, a una camioneta mugrosa y maloliente, donde dejó el cuerpo como si fuera un costal, para que termine solo en medio de la oscuridad cuando se cierra la caja, listo para la indiferencia de las personas que se lo llevarán, como si fuera cualquier cosa, sin importarles cómo van.
Este sentimiento es muy duro y siempre cargaré con él y me pregunto: ¿Qué es entonces lo que valemos si cambia de un minuto a otro? Qué triste…
Luis