Encuentro

Yo pensaba que se trataba de una noche común. Mi hermano intentó convencerme varias veces de salir ‘a dar la vuelta’ al centro. La ciudad conserva la misma costumbre de un pueblo, la de dar varias vueltas en el jardín público. Finalmente acepté, sin imaginar que esa decisión cambiaría mi vida. 

Me aventuré a pesar de ser un muchacho muy tímido y de escasa plática. Llegamos a unos puestos conocidos como kiosquitos (porque se asemejan a los kioscos de los pueblos). Ahí venden discos, dulces típicos, revistas, platería, etc. Nos dirigimos al área de juegos y chocomiles para degustar lo que preparaban las muchachas jóvenes que trabajaban ahí. 

Nos recibieron con unos bancos con figuras de alambrón y asientos de madera barnizada sobre un piso adoquinado en color rojo con formas hexagonales, un pretil decorado con azulejos pequeños en color verde espejado que rechinaba de limpio. Al sentarme, aprecié la habilidad de alguien de acomodar tanto en el local. El lugar se adornaba con un exhibidor de papas y galletas de marcas famosas, una torre de tres pisos de diferentes diámetros, también hecha de alambrón, para contener diferentes frutas y electrónicos propios del negocio. Por el espacio reducido del local, en que apenas pasa uno de lado, la hielera grande de madera, algo deteriorada por el paso del tiempo, se quedó afuera. En la pared había una repisa ancha donde reposaban botes de plástico transparente que guardaban diferentes complementos, a un costado una tarja para el lavado de manos y trastes con escurridores. Arriba se había instalado otras repisas para acomodar los vasos y copas de diferentes tamaños y demás utensilios, así como un espejo grande. Tres cortinas de aluminio dorado se abrieron hacia arriba y en el piso había una tarima de madera para evitar mojarse los pies porque el agua se encharca. La buena obra mexicana y claro, la calidez con la que nos atendieron las jovencitas, me trajo una sonrisa de satisfacción. 

Sentado en un banco sin darme cuenta quedé frente a una chiquilla que en ese momento lavaba los trastes. Por la radio la acompañaba Pepe Aguilar con su éxito “Por una Mujer Bonita”.

Pedí un biónico con papaya, plátano y pera aderezado de la riquísima crema espesa receta exclusiva de una trabajadora y acompañado de su amaranto, cacahuates naturales horneados, lunetas de yogurth y corazoncitos de colores y para rematar su toque de miel. Mientras esperaba mi pedido, no dejaba de mirar a esa niña que robó mi atención, solo salí de mi estupor cuando mi hermano le dijo, “Dice mi hermano que ¿cómo te llamas?” “Que me diga él,” respondió sin hesitación. 

La respuesta me dejó sin sentido, pero un ser se apoderó de mí en ese preciso momento y se despertó una sensación que me dijo “algo bueno va a suceder.” Cayó un poco de timidez para abrir una plática nerviosa que duró mucho más que mi biónico y hasta acompañarla a su casa.

Sigue siendo uno de los momentos más maravillosos que Dios me ha concedido vivir. Cada vez que recuerdo me transporto al mismo banco, con las mismas sensaciones y revivo la prueba del poder de ese ser. 

A pesar de tantas adversidades y años, esta bella mujer sigue conmigo. Estoy convencido que Dios nos presentó y le agradezco en todo momento por haber cruzado nuestros caminos.

Eduardo

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