Antología de una inocencia colapsada

El día era como se espera que sea a finales de la primavera, caliente y con algunos ligeros descansos que permite el viento. La familia tomaba las providencias necesarias para el anochecer, y nos asignaron a mi hermano y a mí el traer de nuevo al corral al borrego cimarrón que tenía por costumbre salir del lienzo. Como se puede esperar, el animal estaba lejos de casa. Mi hermano de ocho años de edad se llevó un chicote para arrear al borrego.

El camino estrecho permitía que uno caminara por delante, y por supuesto que siendo dos años menor, yo fui caminando detrás de mi hermano. Me asomaba por un costado en vano, ya que las hierbas de aproximadamente un metro de alto al pie del camino caían en ambos lados y hacían más estrecho el espacio.

Nos encontrábamos ya cerca del rebelde cuando, sin más, se escuchó el peculiar ruido que hace algo delgado que se arrastra. Mi hermano no decía nada, no hizo falta, logré ver a la serpiente que pretendía cruzar, pero al notar nuestra presencia giró como para atacar, o eso supusimos.

Salí corriendo con tal fuerza que nunca me rebasó mi hermano. Él corría tras de mí y gritaba, ‘¡Ahí viene, córrele!’ Me pareció una eternidad, hasta que por fin llegamos a la puerta de la casa donde nuestro abuelo nos veía aproximarnos, y preguntó:

_ “¿Qué pasó?, ¿Dónde está el borrego?, ¿Qué traen?”

 Con miedo y sin aliento respondimos: 

_“¡Nos persigue una culebra!’ 

Mi abuelo se agachó a agarrar el chicote que se atoró en el pantalón de mi hermano y preguntó con tono alegre:

_ “¿Esta?”

 

En ocasiones el temor nos impide iniciar algo. También, el miedo nos hace dejar algo y no se trata sino de un supuesto o algo inexistente. No temas demasiado y no le des al pánico poder sobre tí, así no saldrás corriendo por nada o sin razón.

 

En aquella época mi familia y yo vivíamos tranquilamente, abastecidos por el fruto de la tierra fértil y el trabajo duro. Con un río cerca de casa y mucho campo hasta el horizonte, mis hermanos y yo no teníamos límites para la diversión. La época de siembra se aproximaba y no dejé pasar la oportunidad, con toda la fe depositada en la experiencia de haber observado cómo regaba mi pequeña parcela con dedicación. Con amor, fui testigo del desarrollo de las plantas y con admiración me deleité de la maravilla biológica que tenía frente a mis ojos.

Un buen día, mi madre se encontraba lavando. Mis plantas ya presentaban lo que se conoce como ‘muñecas’, un capullo de hojas verdes y en la parte superior un manojo de pelos color amarillo-dorado. Tras la petición de mamá, me levanté de mi celosa guardia y ayudé a transportar una tina con ropa. Considero que no demoré, sin embargo, al volver observé con horror la escena. Dos vacas destrozaron de un bocado aquello que anhelé y se retiraron mascando mi éxito. Pegado al suelo solo dejaron el recuerdo de lo que no será. Las plantas que con orgullo se erguían no me harían ganar dinero ni alimentarían a mi familia por un mes, es cierto, pero era mi primera cosecha, fruto de mi esfuerzo y dedicación. Nada de eso importaba ya. 

Me llené de ira, deseé venganza por la muerte de mis ‘muñecas’ y con el impulso del odio traté de lapidar a esas vacas por el eloticidio. Tiré rocas contra ellas y los ladrillos se convertían en polvo al contacto con sus cráneos, y solo emitían un ‘muu’ perezoso que en mis oídos era como carcajadas. Era peor con las rocas que daban en la parte trasera del animal, pues con sus peludas colas parecían sacudirse el polvo. No era posible, además de haber comido mis milpas, las vacas me hacían bullying. Me sentía tan mal.

 

Puedes ponerle el corazón a eso que quieres, pero si te descuidas un momento, alguien podría quitártelo para satisfacer sus necesidades.

 

Muy de mañana, después del almuerzo, salimos rumbo a la parcela de la familia. Cruzamos el río, ese río donde mi madre lava ropa, donde habitan los bagres, chacales, almejas y otros peces con los que nos deleitamos en casa. Este río normalmente mide unos ocho metros de ancho. Mi tío, que en ese momento tenía veintiséis años, solo se mojaba abajo de la cadera estando dentro de él.

Ese día salimos mi abuelo, mi tío, dos primos, mi hermano y yo, cruzando para trabajar la tierra del lado fértil del río, ya que en el otro lado la tierra era poco productiva debido al mar y su arena, sin embargo, era ahí donde habitaba mi familia.

Nos interrumpió una tormenta y cuando cesó, mi abuelo decidió partir, pues el cielo se veía amenazante. Tomamos el camino de diez minutos para llegar al río, que se alimentaba de las laderas que dejaban caer lo que la lluvia depositó en la sierra. El río arrastraba piedras, lodo, troncos, ramas y árboles completos, todo en una corriente de treinta metros de ancho y un rugido furioso que solo evidenciaba lo letal que podía ser, de tomarlo a la ligera. “¡Cruza a los muchachos!”, le ordenó mi abuelo a mi tío. Nos subieron al caballo que nos acompañaba. Quedé primero, me agarré de los pelos del animal lo mejor que pude y con las piernas traté de abrazarlo, pues no se abarca mucho con un cuerpo de seis años de maduración. Detrás de mí sentaron a mi primo de ocho años, con el afán de resguardar en la silla del caballo al más delgado de los cuatro. Entre los dos niños mayores, sus ocho años y la fuerza del miedo debían conseguirlo.

Mi tío, con la rienda del caballo en una mano, nadó junto a este con los cuatro infantes trepados encima, y con él se protegió un poco de la corriente. Logramos avanzar unos ocho metros cuando, sin más, el caballo giró sobre su costado y con las patas al cielo, no hubo manera en que pudiera estabilizarse. Mi abuelo gritó: “‘¡Los muchachos!”. Mi tío se sumergió y sacó al más pequeño, los demás fuimos escupidos a la orilla gracias a que el cauce se hizo un poco más angosto. Mi primo fue salvado por la pericia de mi tío, solamente con algunas raspaduras en brazos, rodilla, espalda y cara. Al jamelgo le tocó bailar con la más fea, pues sus patas estaban cortadas por las rocas, por lo que se descalabró y se lastimó las orejas. Fue arrastrado unos veinticinco metros hasta que logró salir, y su silla se rompió en dos partes.

Caminamos río arriba unos cuarenta minutos y en una parte plana, se formó una laguna donde el agua no corría con tanta fuerza en lo profundo, por lo que cruzamos y conseguimos llegar a casa.

En casa, nos embarraron lodo en las peladas y al caballo le administraron plastas de azúcar en las heridas, y todo salió muy bien. Tal como pronosticó el abuelo, por la noche hubo una tormenta descomunal y ruda. Cascadas del cielo inundaron la tierra, el viento silbaba molesto, y algunos árboles débiles fueron arrancados.

 

A la naturaleza no se le puede tomar a la ligera, y la naturaleza del ser es creer que todo lo puede por el simple hecho de creerlo, sin contar con preparación ni las herramientas necesarias. La arrogancia y el orgullo no son peldaños, son rocas que pesan en la espalda del ser y tarde o temprano lo harán caer aparatosamente.

Solorio

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