¡Qué gran bendición!
Me siento en paz, tengo tranquilidad y mi familia está bien.
_ “Me daré una ducha,” fue lo que dije en un hermoso día a las 3 de la tarde.
La luz del sol se reflejaba en las paredes blancas del baño en nuestra celda. En verdad mi celda es la casa más cómoda después de años en prisión, ahora duermo en un camastro que está en la parte alta de la litera; lo llamo: “Mi departamento”. Esto porque traté de ponerle todas las comodidades: ventilador, repisa para poner mis artículos personales, cortinas alrededor de él para cuando quiera sentir privacidad, aunque pueda escuchar las voces de los demás, aún con las cortinas cerradas.
Esto es algo muy raro para el hombre común, como apodé a las personas que viven en el exterior: ‘hombres y mujeres comunes’.
Son pocos los recuerdos que tengo de cuando yo era una persona del exterior, una persona común: un “extrapenalero”. Doce años ya es mucho tiempo para los que van llegando, sin embargo, para los que superan mis años en prisión son pocos. Se convierten en algo normal, digo normal porque llega el día en el que renuncias a contarlos.
En lo personal, dejé de contarlos a los siete años de prisión; decidí dejar de pensar en mi libertad. Ese día me convertí en un “penalero” o en un “extraño” que se resignaba a vivir en un lugar no deseado, como el extranjero que no puede salir de otro país. Renunciar al colchón de mi cama, a las plantas de mi casa, a tener una mascota normal, ahora mis mascotas eran las hormigas o los pocos insectos que podía ver en este lugar.
Renunciar a la vida de los comunes no fue difícil después de siete años de incertidumbre. Mis pláticas se fundaban solamente en información por radio y vivencias que ocurrían en un kilómetro, cuando mucho; ese es mi planeta ahorita.
Creo que me desahogue con ustedes, mis estimados lectores, les pido una disculpa, soy inexperto en ser narrador; en realidad soy un novato. Ahora comenzaré con la historia que le dará sentido al título de esta historia.
Se trata de un personaje muy misterioso. De hecho, nadie lo puede ver, solamente yo. Ahora después de conocer a este ser tan místico me he dado cuenta que en el mundo exterior existen personas también que lo pueden ver, pero pocos lo ven como yo, porque ellos lo ven como su enemigo aún, yo decidí amarlo y convivir con él. Ahora es mi gran y fiel amigo, además de amigo es mi maestro.
Pero este ser misterioso era malo en el primer día que lo conocí. Ocurrió en la ducha, estaba tomando un delicioso baño y de repente apareció por primera vez ese ser, invisible para los comunes y locos que no lo conocen. Fue muy malo en ese momento, me tiró al suelo mientras me encontraba desnudo, no tuvo piedad, estaba matándome.
Yo le rogué que no era mi turno de morir, se lo pedí por favor, de rodillas, golpeando el suelo con mi puño húmedo. Tuvo piedad de mí, me dejó ponerme de nuevo de pie.
Les confesaré algo. Cuando ese ser místico vino a mí en la ducha, queriéndome asesinar, solamente paró por mi cabeza algo sumamente vergonzoso: me preocupé por mi desnudez, por el temor a que el forense me recogiera desnudo en la ducha de mi celda.
Me levanté y me vestí aún mojado, me subí a mi departamento, cerré las cortinas y le dije a ese ser místico y malo, –“Ahora sí, si quieres, hazme todo lo que quieras.” No me hizo caso y se fue. Pensé que no regresaría, pero en la noche volvió, con suficiente poder para destruirme de nuevo. Su voz era más aguda que los que vivían conmigo en la celda, era y es un monstruo, solo que ahora ya es mi amigo, mi maestro.
En ese momento está aquí, vigilándome y entrenándome. Nunca se va de mi lado desde ese dichoso día en el que lo conocí. Ahora tengo cuatro meses conociéndolo y conviviendo con él; tres meses tiene como mi maestro y como mi mejor amigo invisible.
El primer mes, en el cual era el más grande enemigo en mi vida, más grande que los que había tenido previamente, deseaba la muerte, por la enorme falta de piedad que tenía hacia mí. Me quería destruir. Nunca nadie me había tratado así en mi vida, ni siquiera la cárcel.
Este personaje provocó que escribiera cartas póstumas a las personas que más amo en este planeta. Me sentía fatal. Yo, un hombre espiritual, siendo consumido por un monstruo que me provocaba pánico. ¡Qué ironía! Un pastor de la iglesia cristiana, quien predicaba a su rebaño, “No teman a la muerte.” Ahora estaba lleno de pánico y miedo. Me daba vergüenza a mí mismo, llegué a pensar que fui una farsa cuando predicaba.
Viví un mes de tortura por este ser misterioso, ese monstruo. Pero era más la tortura pensar que todo en lo que yo creía, era una mentira. Perdí toda esperanza cuando dejé de sentir la paz del cielo. Llegué a pensar que Dios me había mandado un verdugo por predicar cosas que no provenían de él.
Después de ese mes de batalla, decidí recurrir al último hombre o ciencia que estudia en este planeta que podría pasar por mi mente: el psiquiatra.
A lo largo del primer mes, mi psicóloga buscaba una razón por el miedo que me provocaba este ser tan misterioso, pero demostró ética y humildad cuando me dijo, “Desconozco de todo esto Jesús, te canalizaré con el psiquiatra.” Claro, esto me lo dijo después de jurarle en más de una ocasión que no me estaba drogando. Eran las 11 de la mañana cuando la psicóloga me dijo que me canalizaría con ese hombre de bata blanca que nunca en mi vida pensé que visitaría.
Le doy gracias a Dios que la cita con el psiquiatra fue ese mismo día. En verdad, ya no me importaba donde estar en ese momento, solo deseaba que desapareciera de mi vida ese ser tan horrible que me estaba matando.
Esperé en mi celda siete horas hasta que me dijera el hombre de azul que resguarda nuestros sueños, caminando por fuera de nuestras celdas, “Chuy, es hora de ir a áreas técnicas.”
Cuando llegó ese hombre de azul a mi celda, me levanté de un salto. Me puse los tenis y caminé por delante de él con deseo de que corriera junto a mí hacia aquel hombre con bata blanca que nunca pensé visitar en mi vida.
Este hombre de azul solamente me veía caminar por los túneles de mi gran mansión, de mi planeta, con la mirada hacia abajo y las pupilas dilatadas. Agitado en el túnel y precipitado con paso veloz para poder llegar pronto, me preguntó con un tono fraternal por el tiempo que llevaba de conocerme, “¿Estás bien Chuy?”.
Seguí caminando con la mirada hacia el suelo y le respondí, “Siento que me estoy muriendo.” El hombre de azul me dijo con un tono muy noble, “Échale ganas, no te abandones.”
El problema aquí es que todos pensaban que tenía un problema de depresión que estaba acabando con mi físico y mi mente. Ellos no podían ver a esa sombra tan oscura que me estaba acechando y matando; ellos no podían ni siquiera imaginar lo que yo estaba viviendo, teorías y suposiciones solamente era lo que salía de sus bocas.
¿Qué más puede pasar?, ¿que me pongan una camisa de fuerza y que me pongan en un cuarto acolchonado? En ese momento no me importaba, lo único que quería era que me inyectaran algo para dormir, dejar de ver a este ser despiadado que me estaba consumiendo.
¿Cómo puede hablar de cáncer alguien que nunca ha padecido por él? ¿Cómo puede hablar de la diabetes alguien que no la ha tenido? ¿Cómo pueden hablar de las emociones que sientes por la muerte de un padre teniendo a su padre vivo?
En ese momento el mundo era totalmente antipático, nadie me entendía, esa sombra seguía acechándome, ese ser tan misterioso y horrible me estaba consumiendo, como un león tritura los huesos de una presa cuando aún se encuentra viva, escuchando el crujido de sus miembros, devorados por el hambre y los gruñidos de una bestia. Esto era lo que me pasaba, estaba siendo destruido mientras yo veía cómo me desmembraba este ser tan despiadado, mientras yo estaba vivo viendo cómo lo hacía.
Cuando llegué al área técnica de mi planeta, el hombre de la bata blanca estaba platicando con otra de bata blanca. Empezó a colmar mi paciencia y fui a interrumpir su plática: “¿Tu ética está por delante de cualquier conversación?”
Él me miró asombrado y me dijo, “Pásate a mi oficina.”
Se despidió rápidamente de su colega y se sentó enfrente de mí, detrás de su escritorio. “¿Qué es lo que sientes?”, me preguntó.
Con una introducción le pedí disculpas por ser tan inoportuno al estropear su plática.
Él, muy gentil, me dijo que no me preocupara. Créame que me dio alivio escucharlo; ahora mi conciencia estaba tranquila, no me gusta ser piedra de tropiezo.
Después de la introducción, le confesé que yo tenía un estigma hacia las personas que tenían su carrera. Él solamente sonrió cuando le dije que yo era pastor de una iglesia y que nunca me imaginaría visitar a un psiquiatra.
Muy amablemente, el hombre de la bata blanca me dijo, “Aquí estoy para escucharte.” Me sorprendió la dulzura con la que me habló. No imaginaba que existían hombres tan amables que no eran cristianos.
Comencé a darle todas las características de este misterioso ser, detalladamente. Él solamente se tocó el mentón y me dio el nombre de lo que es ahora mi mejor amigo. Se llama TAG. Su nombre es TRASTORNO, y sus apellidos son ANSIEDAD GENERALIZADA.
Pedí que me lo explicará porque no entendía su lenguaje clínico. Comenzó a darme una explicación con exacto detalle de las sustancias que segregan nuestros cerebros. Lo más grave de todo que aprendí en esta gran clase de psiquiatría personalizada fue cuando me dijo que no tiene cura.
Sin embargo, en ese momento no me importaba; yo sólo quería que me diera algo que hiciera desaparecer a ese ser.
El hombre de bata blanca sacó una pastilla. Confieso que antes yo juzgaba y criticaba a las personas que las tomaban, hasta los llegué a llamar enfermos mentales y locos. El doctor me dijo, “Tómatela. Esperamos 10 minutos y me dirás cómo te sientes.”
Después de 10 minutos, el hombre de bata blanca dejó de ser un psiquiatra; se había convertido en un ángel. Qué agradecido estoy con aquello que percibía tanto tiempo con prejuicio.
Mi enemigo había desaparecido por primera vez. Volví a sonreír. Volví a hablar con ese ángel. Me preguntó cómo me sentía, casi casi le besé la mano al confesarle todos los prejuicios que yo tenía hacia las personas como él y le pedí perdón. Su consultorio se convirtió en una sala en la que compartimos ideas y charlabamos sobre temas muy místicos para el ojo común.
Imagina a un pastor humillado, platicando con un psiquiatra. Qué ironía. Es irónico porque a lo mejor soy el único pastor en todo el planeta que está de acuerdo con la psiquiatría el día de hoy.
Al despedirnos, me dijo que me daría un tratamiento de 7 meses. Aquel enemigo que me atacaba, ahora tenía una jaula o un límite que no podía cruzar sin que yo lo decidiera.
Había domesticado a una bestia. Qué hermosa es esta bestia, cuando ruge y sabes que no te hará daño, solamente amenaza. Sus amenazas se convirtieron en el mejor entrenamiento mental y dominio emocional, que nunca había tenido en toda mi vida.
El Trastorno de Ansiedad Generalizada es una enfermedad mental que consume a muchas personas, a tal grado de llegar al suicidio por no darles un diagnóstico clínico. Las teorías de las demás personas solamente nos hunden, tratando de hacernos pensar que tenemos lo que ellos creen,, pero nadie sabe de esta bestia hasta que la tiene en su vida. Ahora es mi mejor amigo, mi maestro, porque sé que caminaré con él hasta el final de mis tiempos, que nunca dejaré de aprender de él hasta el último latido de mi corazón.
Chuy