Fernando Pineda

El encierro de Mario: “2014, febrero 8 la 01:30,” decía el chofer del vehículo en el
que era trasladado, algún lugar para mi reclusión, sin saber hasta el momento a
dónde; yo ya que iba con la cabeza cubierta y esposado de pies y manos, en ése
momento, sentí que el vehículo detenía su marcha y como en dos ocasiones los
códigos sonoros, para enseguida oír que se abría una puerta grande por el ruido
que hacía. Después, el vehículo arrancó por algunos metros más, haciendo alto
total, descendiendo los que a lado iban conmigo. Siendo el último que me tomó del
brazo jalándome hacia un costado, para que él bajara del vehículo.
Fui conducido hasta lo que pareció ser un muro en donde quedé parado, con la
frente pegada al mismo por unos diez minutos que se hicieron eternos momentos,
que llegaban a mi mente recuerdos de todas partes como si estuviera tomando
foto, sentía pánico, estaba en shock, no sabía cómo actuar en un mundo
desconocido, tenía un sentimiento que electrizaba mi cuerpo. El encendido del
vehículo y el abrir de la puerta para que saliera interrumpieron el tormento
emocional por el que estaba pasando, al no querer aceptar la realidad del
momento, fue entonces que empecé a oír un montón de gritos, entre órdenes y
reglas del lugar en donde me habían dejado según entendía.

Mi cuerpo estaba tenso esperando algún golpe por los costados porque seguía
con la frente pegada al muro, mismos que nunca llegaron hasta que me dijeron –
hínquese- mi mente estaba tan revolucionada que inmediatamente pensé en el tiro
de gracia, ya el mundo me empezará a parecer un recuerdo, mi energía se
acababa ahí hincado se terminaba todo, en eso me llegó un olor a perro muerto y
un guardia gritaba algo que no entendí.

De inmediato, escuché pegado a mi oreja los ladridos de un perro, sentí su baba en mi oreja por lo que mi reacción fue salir
disparado hacia el otro lado como si un resorte me hubiera impulsado no llegué lejos, caí, estuve esposado. El perro llegó de inmediato a mi oreja, pensé que se la iba a comer y no sabía que lo traían atado a una cuerda y que eso era parte del recibimiento del nuevo hogar.

Cuando este protocolo terminó, me sentí como títere, todo me bailaba, me
quitaron las ataduras y la capucha y con la cabeza abajo y los ojos cerrados, me
trasladaron a una celda que estaba sola, me entregaron un colchón de tamaño
matrimonial nuevo, los uniformes naranja y algunos artículos para aseo personal y
casi tuve que firmar un contrato de arrendamiento, se cerró la puerta y quedé solo.
Empecé a ver lo que ahí había, una cama de cemento para colchón que me
habían dado del mismo tamaño, baño con regadera y para hacer las necesidades,
todo reciente. Y así sin dormir llegó el amanecer y la primera lista, para después
aunque estaba prohibido, hablar y ver hacia afuera de la estancia. Empezaron las
investigaciones de los vecinos, más tarde el desayuno y para adentro únicamente
salías a recoger alimentos, rutina de todos los días, durante los 45 días que estuve
en esa área del lugar.

Hasta que un día dijeron, “Se va a especiales” , por lo que junté mis pertenencias
menos el colchón . Los guardias y yo empezamos a caminar por pasillos fríos, lo
que me hizo pensar que estaba bajo tierra, llegamos hacia al área de especiales y
encontré una celda chica con tres camarotes y todos los servicios, y así empezó
mi vida; captando el escenario de los horrores de la prisión en donde debes
prepararte para buscar la victoria y salir adelante, en no dejarte ganar por el color
naranja que te da una identidad ante la sociedad.

Ya cuando se han pasado preso algunos años y se vuelve normal, se siente uno
olvidado, los amigos siguen adelante, donde tú sigues una vida con muchos
recuerdos, que de este lado no valen mucho con un destino incierto, dentro de un
cuarto de 3×3, un lugar que te ahoga, pero te hace fuerte, aprendes a no reprimir
tus emociones, tus sentimientos, lo que quiere salir que salga, dejar huella.
Cada día que paso, acerca más la partida.

Aquí el que falte un par de años es muda, pero no dejan de aparecer preguntas sin respuestas, el sentirse un día
liberado, acosado; a donde quiera que vayas el tener que adoptar una identidad real, visible para que en el futuro tengas un progreso sostenido, en donde sabes que el escuchar “confía en mí” no es suficiente y eso asusta no sabes si es mejor adentro o afuera. Espero que cuando ese día llegue, mi autoestima y mi talento estén climatizados, para poner en práctica mi plan de acción e iniciar una historia alternativa, que me dé la oportunidad de compartir el mundo como un ser humano
que regresa a casa.

 

 

Diego Sebastián R.