Inicio en la Delincuencia - Francisco Torres Hernández

Inicio en la Delincuencia – Francisco Torres Hernández

 

Richard Rodríguez

 

Cuando tenía 18 años, mis padres insistían en que me fuera a los Estados Unidos. Yo trabajaba y ganaba un buen sueldo, no entendía porque querían mandarme para allá. Decidí hablar seriamente con mi madre porque yo sabía que sólo ella me diría la verdad. Después de una plática amena, con un poco de llanto, logré saber la verdad. Lo que mis padres querían era que yo me fuera lejos de mi novia, separarme de ella para que no me casara chico. Decidí darles el gusto y le dije a mi madre que me iría, pero nunca imaginé lo difícil que sería llegar allá.

Salí con mi tío, hermano de mi madre, que desde los 15 años se dedicaba a pasar gente. Dijo que sólo me cobraría 700 dólares, que era lo que yo ganaría en una semana donde iba a mandarme a trabajar. El camino fue muy largo, a veces sol, lluvia y mucho calor. Cuando menos lo pensé ya estábamos en Tijuana. Me llevó con un amigo de él, donde había alrededor de 10 personas esperando la orden de mi tío para que fuéramos enviados a Estados Unidos. Era un lunes más o menos a las tres de la mañana cuando emprendimos el viaje por el cerro de Tecate. El lugar por donde empezamos a caminar se llamaba El Hongo, íbamos cargados de agua, atún, pan Bimbo y algo más de comida para el camino. Todos traíamos una mochila pesadísima.

Cuando ya habíamos caminado durante siete horas a un hombre de unos 35 años se le rompió un zapato. “No puedo seguir más, no puedo caminar. Mis pies están llenos de ampollas, están sangrando,” nos dijo. Inmediatamente, el guía que nos llevaba le contestó, “no te puedes quedar aquí, porque por tu culpa pueden agarrarnos a todos y perdería todo el dinero del brinco de los demás, y no voy a perder 900 dólares por tu culpa.” El hombre le volvió a contestar, “ya dije, no puedo más.” “Bueno, entonces aquí te quedas,” replicó el guía sacando un cuchillo de su mochila. Entre él y otro hombre que le ayudaba, lo tumbaron al suelo y le pusieron el cuchillo en el cuello, “te quedas, pero muerto. ¿Sigues entonces o te quedas aquí?” “Está bien sigo, sigo adelante,” respondió el hombre con voz temblorosa. Como pudo, se amarró el zapato con un pedazo de alambre y un pedazo de soga que encontró en el suelo.

Nos llegó la noche y por fin nos dejaron descansar. Durante solo dos horas pudimos comer y beber algo de agua. Yo iba bien preparado con comida, agua y abrigos, ya que mi tío me alertó antes de emprender el camino. Cuando nos acomodábamos para descansar un rato, se acercó una muchacha de unos 26 años. “¿Puedo recostarme un poco a tu lado?, no traigo cobija ni suéter.” Le contesté que sí y se acostó a mi lado. Hacía bastante frío, no se veía nada por la neblina. Le di parte de mi cobija para que se calentara, mientras ella me platicaba que su familia ya la esperaba en Los Ángeles. Así, platicando un poco, llegó la hora de seguir adelante.

Llegamos por una terracería donde pasaba la migra. Esperamos el cambio de turno y en cuanto llegó la camioneta pasamos corriendo. Una persona se adelantó a la orden de correr, la migra nos miró y se regresó. Cuando me di cuenta de que venían de regreso corrí como nunca, y la muchacha con quien había pasado la noche me gritó, “¡no me dejes!, ¡ayúdame!,” era de subida y no podía subir sola. Me regresé y la tomé del brazo. A jalones y estirones subió conmigo por el cerro. Se cayó como tres veces y yo la jalaba para levantarla. Nos tiramos entre los árboles y ella logró cruzar conmigo, mientras la migra se entretuvo capturando a los demás. Sólo logramos cruzar cuatro personas y los dos guías.

Estuvimos escondidos entre los árboles y la maleza esperando a que la migra se fuera. También un helicóptero nos buscaba, cuatro horas después, cuando ya no escuchábamos nada, el guía empezó a gritar, “¿¡dónde están!?,” y salimos de nuestros escondites. Nos volvimos a reunir y seguimos caminando, llenos de lodo y raspados; la chica sucia de la cara. Me dio risa, pero yo creo que de los nervios. La caminata aún no había acabado.

Seguimos, pero ahora por un ducto debajo de la tierra. Caminamos entre lodo y ratas por unas dos horas más, mientras mirábamos cómo pasaba la migra por encima de nosotros. Alguien dijo, “no puedo respirar, siento que me ahogo, quiero regresarme.” Otro comenzó a decir, “yo también siento lo mismo, siento que estoy ahogándome. Por favor, me quiero ir también.” Yo estaba nervioso y no sabía qué hacer. Comencé a calmarlos y también a la muchacha que no se despegaba de mi lado. Todos estaban entrando en pánico, pero entre los guías y yo logramos calmarlos.

 

Josh Meltzer

Josh Meltzer

 

Cuando por fin salimos por una alcantarilla estábamos ya del lado americano, era San Diego, California. Un guía sacó su teléfono y avisó, “ya estamos aquí.” Como 15 minutos después de la llamada llegó una camioneta al freeway y nos recogió. Fueron una o dos horas de camino para llegar a una casa grandísima donde nos metieron a un garaje. Nos entregaron con unos cholos, tres hombres y una mujer. Se veían bien drogados y con armas en la cintura. Nos dieron una hamburguesa y una coca.

Uno de ellos nos preguntó, “¿quién va a pagar por ustedes?”, y todos respondimos que nuestras familias. “Bueno, entonces dénme el número de teléfono de sus familiares, para que depositen, y yo les entrego con sus familias,” dijo uno de los cholos. Le dimos los números.

Se fueron y al regresar nos dijeron, “¿qué creen? Nadie quiere pagar por ustedes, entonces no sirven para nada, ¿para qué los tenemos aquí?” En eso uno de ellos tomó su arma y nos apuntó a todos diciéndoles a sus amigos, “mejor los matamos ya, porque sale cara la comida.” Los cuatro migrantes nos miramos unos a otros con mucho miedo. Me animé y contesté, “yo no creo que mi tío no quiera pagar por mí, si él es el encargado de pasar a toda la gente a este país.” Me preguntaron, “¿quién es tu tío?”, “se llama Raúl Medina”, “bueno, vamos a darte una oportunidad a ti, si pagan por ti, te soltamos, y si no, te vas a morir con los demás”.

Se fueron y regresaron un poco después. La mujer me dijo, “ven, quieren hablar contigo,” y me llevaron caminando como 20 o 30 pasos. Llegué a una sala donde había como 20 personas tomando y drogándose.

Los miré asombrado y me pasaron el teléfono. “Aquí está en la línea tu tío, dile que pague por ti.” Alcancé a escuchar la voz de mi tío y le dije, “tío, ¿por qué no pagas si tú dijiste que ibas a pasarme y que yo te pagaría cuando trabajara?,” muy molesto me contestó, “tonto, ¿dónde estás?”, “no sé con unas personas que dicen que tienes que pagarles tú”, “yo no sé qué pasó, pero te tienen secuestrado esas pinches lacras, ¿dónde estás? Los cabrones que te cruzaron te vendieron y esos pendejos están cobrando rescate por ti, pero no saben quién soy. Están pendejos, no les voy a pagar ni madres.” Ellos escucharon y me arrebataron el teléfono, “no sabemos quién seas, pero te vamos a matar a tu sobrino pendejo.” Mi tío les dijo, “primero investiguen bien quién soy, idiotas. No se vayan a arrepentir…” y colgaron el teléfono. “Ya estoy muerto”, pensé.

Los cholos, molestos, me regresaron al garaje. Le dijo uno al otro, “mátalo al cabrón,” pero otro le tomó la mano y se la movió para que no me apuntara con el arma. “Oye güey, ¿y si de veras es pesado el tío de este güey… ?” Se detuvo unos segundos y respondió, “bueno, ya sé, le damos un día más para investigar, y si no pues nos lo echamos con los demás.” Yo pensaba en qué decir y se me ocurrió decirles: “les propongo un trato. Yo conozco muy bien el camino de Tijuana a San Diego, por donde entramos acá. Les cruzo gente y cuando les pague sus 1000 dólares me dejan ir, y que alguien más de su gente me acompañe. De veras conozco bien el camino para cruzar.” Me contestó la mujer, “sólo un día más y ya.”
Nadie decía nada, todos callados por el miedo de saber que iba a pasar al día siguiente. Sólo quedaron dos cholos cuidándonos hasta que llegó la noche y el sueño nos venció a todos.

Como a eso de las 9 de la mañana, llegaron cinco cholos gritando: “¿quién es Ricardo Medina?”, “yo soy” contesté. “Ya vinieron por ti güey, la libraste cabrón. Tu tío sí es chingón.” Entonces caminé hacia la casa y una persona gorda, bien alhajada y en una camioneta negra toda polarizada me preguntó, “¿Estás bien?” Le contesté que sí y me dijo en frente de todos los cholos, “estos pendejos la regaron contigo.” Con la cabeza agachada, uno respondió, “disculpe señor, por favor.” “Pues a ver qué pasa con el tío de este muchacho. Tengo que llevárselo hasta la puerta de su casa, esa es la orden de arriba. Ya sabrán quién es su tío, pendejos.” El señor que me llevaba en esa camioneta lujosa me preguntó otra vez, “¿de veras no te hicieron nada?”, “no, de veras”. “Pues a ver qué dice tu tío… está bien enojado con todos, yo no tengo nada que ver y hasta a mí me llamaron la atención. Ya lo verás, está enojadísimo, porque tu mamá está pregunte y pregunte por ti, y tu tío no sabe decirle por qué no estás en su casa.”

Llegamos a un estacionamiento y ahí estaba mi tío con mis dos primos. El chofer de la camioneta dijo, “aquí está su sobrino señor Raúl.” Y mi tío molesto contestó, “sí, ya lo miré, ya te puedes ir. Gracias.” Aún molesto mi tío dijo, “súbete al carro. ¿Dónde y cómo estuvo que te fuiste para otro lado?” “No sé, tío, yo no sé nada.” Mis primos intervinieron, “papá, no le digas nada, míralo como viene bien asustado.” “A ver qué dice tu mamá, está bien preocupada” dijo. Cuando llegamos a casa de mi tío entré y en el suelo de la sala principal había como 15 personas acostadas. Me dijo mi tío, “cuidado, no vayas a pisarlos, ellos también van llegando de México.”

Desayunamos todos y al poco rato llegó una camioneta que se llevó poco a poco a todas las personas que estaban en la casa. Cada que recogía a alguien, mi tío llamaba y decía, “su familiar ya va en camino. Por favor, en cuanto lo reciba me deposita como quedamos, y ahí estamos, ¿eh? Muchas gracias.”

Me quedé como un mes en casa de mi tío. Después me mandaron a San Francisco, California, a trabajar a un invernadero como montacarguista y empezar, por fin, una nueva vida allá.