Pedro Márquez

 

Era el mes de marzo, hacía mucho calor en el sureste mexicano. Desperté sobresaltado y bañado en sudor, miré a mi alrededor y vi que estaba solo. El sueño que tuve me dejó intranquilo, soñé con la muerte. Estaba sentada a mis pies, en la cama, y volteaba a verme con su mirada aterradora a pesar de que no tenía ojos, su cara era solo el cráneo vacío. Vestía una túnica roja y tenía sus manos huesudas posadas sobre mi cama.

Bajé a la cocina y tomé un poco de jugo del refrigerador, mientras lo tomaba miré por el ventanal de la casa y vi el agua de la alberca deliciosa y fresca invitándome a nadar. Era la segunda vez que soñaba con la muerte, en otra ocasión ella se presentaba como una persona que yo conocía y al darle la mano se transfiguraba en una calavera. Tenía poco tiempo de haber ingresado a este trabajo y yo no creía en las cosas a las que mis compañeros les tenían fe.

La casa donde habitaba era uno de los beneficios del trabajo. Tenía una alberca de 10 metros de largo por 5 metros de ancho con un jacuzzi integrado. La recámara donde dormía era la quinta al final del pasillo de la segunda planta, toda climatizada, con vista al jardín que tenía varios árboles ficus podados con figuras de palomas, rosales de varios colores y ocho palmeras enanas que flanqueaban el camino hasta la entrada. La barda estaba cubierta por flores de jazmín, de esas que te embriagan con su fresco aroma cuando llueve. En el garaje cabían dos camionetas Lobo, una TrailBlazer, una Cheyenne y una Avalanche.

Por el camino que llevaba del garaje a la entrada principal había una Santa Muerte de 2 metros de alto vestida de negro con su guadaña en una mano y una balanza en la otra. Siempre tenía gladiolas amarillas en sus floreros, velas encendidas y unas esencias. Ese era su altar, allí se santiguaban mis compañeros y hacían un ritual donde se untaban aceite de sándalo en manos y cabeza. Le pedían que los cuidara y los protegiera. Todo ese ritual lo hacían siempre que salían a trabajar… y digo salían porque yo me quedaba en casa.

Cuando me tocó salir ya con mi uniforme completo por primera vez, al bajar las escaleras, Changoleón me dijo: “carnal, pídele a la jefa que te cuide, pídele lo que quieras ella te escucha.” Le respondí, “yo no le tengo fe, pero respeto sí.” “No importa, ella a los de esta chamba nos cuida.”

Volviéndome hacia ella me unte las manos de aceite y le dije, “jefa, yo no creo en usted, pero la respeto. Si usted me quiere ayudar, ayúdeme con dinero para mi familia que se quedó sin nada para las inscripciones y los útiles de la escuela de mis hijos. No le prometo que le voy a dar cosas a cambio porque ni yo sé que pueda prometerle.” Estando en la plática con ella un fuerte viento abrió la puerta principal y llegó hasta donde estábamos haciendo revolotear las gladiolas y dejando un aroma a flores. “Carnal, ya te escuchó la jefa,” dijo Changoleón, y al escuchar eso yo me quedé asombrado, como de piedra.

Esa noche fue mi iniciación en un trabajo no convencional. Llegué a la casa sacado de onda y con la adrenalina a mil, el olor de la sangre y la pólvora las tenía impregnadas en mi olfato y las imágenes grabadas a fuego en mi memoria. Después de esa ocasión, vinieron otras hasta que un día en una casa que estaba en la Riviera Maya me tocó conocer a una persona muy particular. Su nombre era don Panchito y me lo presentó un compadre que ya falleció. “Güero, él es don Panchito, él es el que nos cura y da protección.” En ese momento no entendía qué era eso de la protección, hasta después…

Don Panchito era bajito de estatura, moreno, se cortaba el pelo a rapa, tenía el acento inconfundible de chilango y una personalidad que te atraía una vez que ya lo conocías. Eran las 11 o 12 de la noche ese día que me lo presentaron. Salimos de la casa para platicar, para ser más exactos fuimos hasta la carretera. “¿Cómo estás, Gallo?” me preguntó. “Bien, gracias a Dios.” “¿No sabes quién soy yo?” Y extrañado contesté, “sí, usted es don Panchito.” Al darle mi respuesta soltó una carcajada horrible y su voz cambió a un tono grueso: “mírame bien, no temas.”

Al verlo a la cara, veía que sus ojos estaban en blanco y hablaba de una forma extraña. Con miedo le dije, “eres la muerte,” a lo que él río más estruendosamente. La luna estaba llena y alumbraba pálidamente. Pasó un señor de aspecto muy humilde, con huaraches viejos, una camisa descolorida, sombrero de palma, y en su rostro se notaba una constante exposición al sol. Un señor con la misma imagen de humildad que encarnaba Don Panchito pero tal vez con una década menos de vida. Aquel señor me sacó del trance cuando llegó vendiendo pescado. No quería pescado a esas horas, pero le di 500 pesos. Don Panchito —o la jefa— le dio $2,000 y le dijo, “esto es para la enfermedad de tu hijo.” La cara de asombro del pescador al escuchar eso fue mayúscula y se alejó temeroso.

Cuando volví a ver a don Panchito me dijo, “me he presentado en tus sueños y aún así no crees en mí.” Al escuchar eso sentí cómo un escalofrío recorría mi cuerpo, pues yo jamás le había platicado mis sueños a nadie y al ver mi reacción se rió muy fuerte. “No tengas miedo, me hablaste con la verdad y eso es bueno, fuiste sincero y por eso cuidaré de ti Gallo.” Recomponiéndome del susto, le dije que yo no creía porque la fe nace y yo no sentía nada. Él alzó la mano y dijo con voz ronca, “pero vas a creer, ya lo verás.”

Al día siguiente fui a que me curara y me diera protección. Me bañé en el mar al salir el sol y puse un costalero pequeño de color rojo en mi mano izquierda mientras ponía la derecha en alto en dirección del sol. De pronto el morralito explotó como un cohete en mi mano y entonces tuve que tirarla hacia atrás sin voltear a ver dónde caía. Don Pancho me dijo que algo malo me iba a pasar, pero que esa protección jalaba lo malo y ya no me pasaría nada. Después vinieron las limpias con gallinas negras, alcohol tirado en un cuarto y sacrificios de animales y de otras cosas. Duró todo un día curándome y desde entonces ya lleva muchos años protegiéndome.

Incursionar en ese mundo hace que te preguntes muchas cosas y que no encuentres respuestas lógicas a varios hechos, cosas sin explicación y eventos sobrenaturales que no sabes si fueron coincidencia o si de verdad existan personas con el poder de hacer que ciertas cosas pasen. Con tanta incertidumbre, como dije en un principio, lo importante es respetar ante todo las creencias de los demás.

 

Lucila Ruiz Jiménez

Lucila Ruiz Jiménez