Pedrito Ortiz

Sábado 26 de octubre de 10 de la mañana, me encuentro en la sala chica para
detenidos del hospital civil en 1/4 que más bien parece una bodega pequeña, de
unos 50 m de fondo y ocho de ancho, con camillas a los costados, al fondo tres
baños y dos regaderas, en uno de sus costados tres ventanas grandes y viejas
con barandales y selladas con láminas, en el techo tres tragaluces grandes de
puerta un cancel, prácticamente una jaula grande. Al ingresar me percaté de que
había tres internos, todos en diferentes camas, dos eran de RS y dos de
preventivo. De inmediato entablé conversación con uno de preventivo que le
nombran “PinPon”; comentamos algunas cosas del preventivo, de algunos
conocidos.

Me llamó la atención un compañero de cabello corto, mediana edad, rostro
cansado, delgadez evidente. Sin voz, sin moverse; así es Miguel del pabellón
psiquiátrico.

Pregunté que tenía y nadie me pudo responder sólo dijeron que no podía moverse
ni hablar, los compañeros lo alimentaban y le daban agua ya que él no podía
valerse por sí mismo, sólo le daban una gelatina en cada comida luego le
preguntaban si tenía hambre, pero como no podía responder sólo manifestaba
quejido y enseguida le daban galletas o sopa de los mismos platos de los que
ellos comían, yo no podía compartirle nada porque no me habían dado ni
desayuno ni comida por lo que estaba igual de hambreado que él y prácticamente
así transcurrió el día.

Domingo 27 de octubre, estaba programado para una operación pues me iban a
retirar un clavo intramedular. A las 10 de la mañana me llevaron al quirófano, a la
una de la tarde comenzó mi cirugía y a las dos veinte estaba ya en sala de
recuperación; a las tres de la tarde, después de recuperarme un poco de la
anestesia me regresaron a la sala chica que es destinada para presos. Mi mamá
estuvo esperando desde las siete de la mañana para poder verme antes de entrar
al quirófano y darme la bendición, sin embargo no fue sino hasta después, a las
tres de la tarde que la dejaron entrar para que me viera. Me besó, me saludó y me
preguntó que cómo me sentía le respondí que bien, que todavía tenía hijo para
rato se le dibuja una sonrisa en el rostro. Después de haber platicado de la cirugía,
de que tenía horas esperando para verme, de la familia y de que quería darme la
bendición, pero que no se lo permitieron me pregunto por Miguel y es que era
imposible no ver su rostro, el sufrimiento que reflejaba en su mirada, se notaba
cansado, me preguntó que qué tenía, pero nadie lo sabía sólo le dije que no lo
atendían, que no podía moverse, y que no le daban de comer, ella me comentó
que era peligroso que no lo movieran pues el estar acostado causaría que le
salieron llagas en el cuerpo y una de las consecuencias podría ser que tuvieron
que amputarle alguna parte de él.  Después de una hora de visita, mi mamá se
retiró y prácticamente así terminó otro día.

Ya el lunes 28, después de haberme hecho unos estudios de sangre y sacarme
unas radiografías, me dieron de alta. Poco antes de que me sacaran de la sala
chica Miguel recibió visita, fueron a verlo su padre y su hermana.

Podía ver en el rostro de su padre un gran sufrimiento, el rostro de Miguel parecía que sólo
esperaba verlos por última vez, su padre le hablaba y él no respondía sólo salieron
lágrimas de sus ojos, esa escena me causó un gran sentimiento dentro de mí pero
me aguanté de llorar. Su padre le comentó que se dio cuenta de que estaba ahí
porque fue a visitarlo al penal y no lo encontró, que trabajo social nunca le avisó
que él estaba hospitalizado a pesar de que tenía cinco días en el hospital. A mí me
regresaron al penal, hoy en día no sé si a Miguel lo dieron de alta, si mejoró o si su
salud se complicó.

Algunas ocasiones suelo quejarme por algo que me pasa, que por qué a mí, y
ahora me pregunto si tendrás razón de renegar por todo, me pongo a pensar en
cómo me quejo de cosas que me duelen, que me causa frustración, como no
poder apoyar a mi familia, no estar con ellos en la tristeza, en alegría, cuando mi
madre está enferma no poder verla; pero el darme cuenta de que hay gente como
Miguel, a quien ni doctores, ni enfermeros atienden. Alguna vez me tocó que
alguno de ellos sólo le cambiara la bata y las sábanas y le tomaron los signos
vitales, Pero ni siquiera se preocupaban por ver si comía, trabajo social no lo
visitaba y ni siquiera sabían que no podía valerse por sí mismo. Todo esto me
hace pensar que debo de estar agradecido con la vida, por poder valerme por mi
mismo, porque me tocaron doctores que me atendieron, porque trabajo social me
apoyó, porque así como hay personas a quien no le gusta hacer su trabajo,
también hay personas dedicadas, y al pensar en Miguel, le deseo que le toque ser
atendido por personas que sean dedicadas a su trabajo. También me di cuenta de
qué si yo me encuentro encerrado, también mi madre está sufriendo mi encierro
porque soy su hijo, le duele que esté aquí y no me queda más que decir que soy
afortunado porque tengo vida, porque tengo salud y porque tengo a mi madre y
abuelos quienes hombro a hombro y paso a paso me ayudan con esta carga.
Hoy les narré lo que yo podría llamar encerrado en el encierro.

 

Valeria Aguillón