Alberto Martinez

 

Acostado con la mirada perdida hacia el techo de mi celda, divagando un poco con
vagos recuerdos de mi niñez, tratando de entender el motivo del ¿Por qué?
¿Dónde fue el momento en que mi vida se desvió? Preguntándome ¿por qué
llegué hasta aquí? ¿Cuál fue el pequeño detalle que me hubiese ayudado para
cambiar mi vida? Miles de preguntas surgen en mi cabeza y no logro
responderme, sólo miro al pequeño niño feliz envuelto en una buena familia con
unos lindos y muy buenos padres que siempre fueron amorosos, dándonos una
muy buena educación, buenos valores y sobre todo inculcando respeto, buscaron
siempre darnos lo mejor.

Sigo recordando y no encuentro el punto de quiebre solo que todo era perfecto.
Viene el recuerdo de mi adolescencia cuando cursaba la secundaria, se me hacía
notar entre mis compañeros fui muy participativo, me fascinaba el deporte, me
encantaba dibujar y claro cómo dejar a un lado la música, estuve en el coro de la
iglesia y en el mariachi que se formó en la secundaria, todo estaba bien,
aferrándome a mi sueño de ingresar al colegio militar, estudiar demasiado y
cumplir mi sueño de ser piloto. Pero llegó un inconveniente… No sé por que
motivo tuve un profe que me odiaba y me reprobó, mi sueño se desvanecía cada
que presentaba mi examen extraordinario y no podía aprobarlo, pues él seguía
ahí. Después de 6 ocasiones lo aprobé y claro pues curiosamente ya no estaba el
profe se había jubilado pero mi sueño quedó en el olvido, perdido.

Después viene el recuerdo de cuando comencé a juntarme con un grupo de
amigos en la esquina de la cuadra, éramos muy tranquilos, amigos desde la niñez,
no dábamos problema alguno, hasta que llegó el día que nuestra tranquilidad
terminó y llegaron los problemas tuvimos un conflicto con otras personas que
llegaron a buscar pleito y solo nos quedó defendernos, nunca dejé de ser ese
chavo tranquilo pero no dejado y me gané un poco de respeto por algunos
lugares, mi vida cambió drásticamente.

Un día en Mazatlán, jugábamos billar en un establecimiento cerca del malecón,
cuando después de unas cervezas y el juego nos hicimos de palabras con unas                                      personas, mi compañero Felipe y yo nos encontrábamos en ese estado por
cuestiones laborales éramos repartidores en una empresa, pero en ese momento
solo nos divertíamos.

Yo sólo tenía 16 años y una persona mayor que yo quiso intimidarme tirándome
un golpe el cual yo respondí y lo tiré al suelo. Pero después de un segundo sentí
un frío inmenso recorrer mi cuerpo al mirar que me apuntaba con un arma. Me
quedé paralizado pero no cambié mi posición, mi rostro no demostró temor solo
valor, gracias al miedo o al ego que tenía, escuché gritar: “deja al plebe cabrón,
ese muchachillo tiene más huevos que tú” y esa misma voz entre risas decía “ya
te rajo tu madre” se me acercó una persona clara ojos verdes y robusto, palmeó
mi espalda diciendo “todo está bien”, me ofreció una cerveza y preguntó de dónde
era, y que cuánto estaríamos ahí, a lo cual le dije que no sabía, habló conmigo,
me ofreció dinero, me dijo que le había caído bien y me ofreció trabajo sin darme
tantos detalles, aunque con lo poco que dijo me imaginé de qué trataba.

Al pasar el tiempo ya me encontraba trabajando con ellos, disfrutando muchos
lujos, dinero, mujeres, autos y drogas, antojos que podía cumplirme. A casi dos
años de trabajar con ellos y yo ya con 18 años conocí a María una linda niña
morenita, ojos hermosos, labios gruesos y cabello negro rizado, a la cual me hice
novia. Cada que le veía esperándome afuera de su casa se miraba tan hermosa
muy tierna e inocente. Me daba motivos para corregir mi camino, pero aún seguía
en lo mismo.

Sonaba mi teléfono y ya sabía que tenía que ir a trabajar y a María le decía que
tenía que irme a una reunión, “una lunada” con mis amigos vaya que nombre le
ponía a lo que hacíamos. Me perdí por dos días, tres o a veces hasta más pero
siempre había excusas para todo.
Todo cambió cuando un día de pronto sonó mi teléfono como a las 10 de la noche,
contesté y me dieron el punto donde nos veríamos, pero por algún motivo María
no quería dejarme ir. Me abrazó y casi llorando me decía y me pedía no dejarla
sola. Yo quería zafarme pues ya me esperaban, se me colgó de las piernas y yo al
verla así no pude resistirme y me quedé a su lado.

Al paso de algunos días supe que mi patrón y mis 5 compañeros habían perdido la vida esa noche y me aparté de todo.

Sigo recorriendo la cinta y llega a mí el recuerdo del día que mi esposa dio a luz,
obvio la misma niña que aquella ocasión salvó mi vida, aquella que ya en su
embarazo no dejaba de besarle su barriguita y cantarle canciones al bebé, aquella
que me dio esperanza, ternura y amor. La miré en terapia intensiva pues se le
complicó el parto, ese día le llevé flores y un dibujo de dos niños tomados de la
mano y con la frase “Gracias por hacerme el hombre más feliz del mundo”. Me
miró muy feliz, sonrió y le besé su frente seguida de sus labios y sus ojos se
rozaron en mi cara, percibí unas lágrimas en sus ojos.

Salí corriendo de la habitación y me dirigí al cuarto de los cuneros, fue ahí donde
miré a esa bolita de carne tan hermoso envuelto en una cobija, una lágrima salió
de mis ojos y comprendí lo hermoso que es la vida. Abracé a mi hijo lo besé,
después se me acercó una enfermera y me pidió que le pusiera su ropita y con un
poco de miedo imaginando que se quebraría lo cambié con cuidado, después de 5
días regresábamos a casa, mi esposa, mi hijo y yo.

Recuerdo las primeras palabritas de mi hijo, su risa, sus primeros pasos, la
primera vez que fue al baño solito, su primer día en el kínder, cuando me decía
que quería ver el chavo del 8 y nos acostábamos en el sofá para verlo, cuando él
escuchaba que entraba la llave en la chapa de la puerta y al abrirla, corría de prisa
a abrazarme y me gritaba “Papi” sus besitos tiernos y sus ojitos tan grandes, la
sonrisa de mi esposa que fue una muy buena mujer, muy atenta, responsable y
amorosa, la familia perfecta y feliz que siempre soñé. Mi vida era buena, ya mi
camino se enderezaba un poco.

Después de un tiempo comienzo a verme apretado, lo poco que tenía se escasea
y empezamos a batallar, pues el dinero ya no alcanzaba. Yo no quería ver sufrir a
mi familia y sobre todo menos a mi hijo, yo no quería que llegara a pasar hambre y
comencé a buscarle.

Recuerdo cuando llegó un amigo diciéndome de un “trabajito”, acepté sin saber
que mi vida se arruinaría, comencé a tener un poco de dinero, pero también a
descuidar mi familia, yo creía ser responsable, en lo económico por supuesto que
lo era, no faltaba solo faltaba yo, pues casi no estaba en casa y no quería darme
cuenta de cuánto sufría mi esposa. Recuerdo bien las palabras que me dijo “Amor
no me dejes sola, no quiero acostumbrarme a estar sin ti”. Y así sucedió un 31 de
diciembre, me dejó, recibiendo año nuevo sin esposa y ni hijo. Después de 3 años
de angustia no pudo soportar más y se fue de casa.

Mi vida se esfumó; de tener todo en la vida no quedaba nada, solo tristeza,
soledad y angustia. Me tranquilicé queriendo recuperar a mi familia, pero toda
esperanza se desvanecía al ver pasar un año.

“Mamá, si no sabes de mí ya sabes donde estaré”. Le decía con un tono
sarcástico y entre risas a lo que ella me respondió que me callara, mi madre no
sabía nada sobre mi trabajo, pues siempre fui muy cauteloso, abracé a mi
hermanita y a mi madre, me despedí con un beso sin saber que pasaría después,
pero algo extraño podía presentir.

Por la mañana desayuné un delicioso bistec con frijoles, ensalada y un rico
menudo con tortillas recién hechas a mano en una fondita. Por la tarde me
encontraba solo y después de unas cervezas tomé mi teléfono celular y escribí
unos textos a mi hermana pequeña.

“Hermanita te amo con toda mi vida, eres mi princesa, sabes, me siento solo.
Extraño tanto a mi familia, extraño tanto a mi hijo, no sé por qué fui tan tonto y los
descuidé, diles a mis papás que me perdonen por todo el daño que les he
causado, diles por favor que los amo con todo el corazón. Dile a mi padre que
siento mucho no ser el hijo que quería, que me perdone por todo el mal que le he
causado, por todo problema, conflicto y discusión que tuvimos. Diles a mis
hermanos lo mismo, siento mucho lo que les he causado, diles por favor que los
los amo a todos”. No me di cuenta en ese instante que algo me advertía, me
preparaba, pues me estaba despidiendo. No recuerdo todo muy bien, solo
recuerdo que salieron lágrimas de mis ojos y dije:

Diego Sebastián R.

 

“Dios mío perdóname por todo, por no valorar a mi familia, por apartarme de ti. Por
descuidar a mi esposa, a mi hijo y no valorar nada de lo bueno que me das.
Quiero ser feliz. Ayúdame por favor a corregir mi vida, a ser una persona de bien a
recuperar mi familia. Ayúdame por favor, a cambiar, ser un buen hijo, hermano, un
buen padre y esposo, ser buena persona”. Al día siguiente me detuvieron.

Mi vida se derrumbó, vi que como se esfumaba , desaparecía como el agua entre
las manos, todo acababa, pero recuerdo que al llegar aquí solo dije “gracias Dios
por haberme escuchado y ayudarme pues no sé qué hubiese pasado afuera,
gracias por esta prueba, solo te pido que me des paciencia, inteligencia y fuerza
para poder soportarla”. Me mentalicé y fui fuerte para no demostrar ni transmitir a
mi familia debilidad ni tristeza, para darles confianza, fortaleza y tranquilidad.

Finalmente, puedo decir que para mí el estar entre rejas no es un castigo, el
castigo es ver el sufrimiento de la familia, ver lo que perdemos al estar aquí, el
darnos cuenta que teníamos tantas cosas buenas en la vida y no las valoramos,
nunca nos preocupamos por las cosas que en verdad son importantes. A menudo
recuerdo la voz de mi hijo diciéndome cuánto me quiere, él y su mamá fueron
todo para mí. Claro que no puedo borrar el pasado ni las cicatrices que éste me
haya dejado, y aunque sea muy doloroso solo puedo aprender de él, cambiar las
cosas que no son buenas y salir adelante.
Ya solo me quedan imágenes y vacíos recuerdos de mi vida.

 

Mario Martínez R.