Eduardo

En la prisión, hay muchas historias que podrían convertirse en libros de ciencia
ficción llevadas al séptimo arte. No sé, si serán causadas por el encierro o ya
vengan así, aunque yo creo que es lo primero. Hubo un personaje digno de
mención por lo que relataba, pero nos privamos de ese privilegio ya que hace
algunos años se fue libre. Una de sus historias es que lo habían trasladado a este
lugar en un helicóptero Blackhawk, sabiendo que no es para eso, ya que es propio
para la guerra, por el hecho de que cuenta con armamento de alto calibre y
puedes maniobrar, además de que es bastante rápido; Bajo un fuerte operativo y
eso lo hace sentir orgulloso porque se le notaba en el rostro ese semblante de
alegría, con esos ojos que no veían a ningún otro lado. A pesar de que había
quien jugaba básquetbol, otros que platicaban, trinos de pájaros, el ruido de los
aviones, nada lo perturbaba. En otra ocasión nos decía, “tengo una mina de
diamantes y nadie sabe dónde está.” Sólo dio algunos detalles muy generales, “el
camino, bueno en realidad es una vereda muy sinuosa llena de piedras y bastante
vegetación, lo cual hace muy difícil y tardado el llegar a dicho lugar.” La más
célebre de todas sus historias comenzó con, “Fui a comprar gallos árabes a
Turquía, y aproveché para visitar a mis familiares, los que me llevaron a los
lugares más exclusivos de compras. Volé en primera clase…” De ahí se le quedó
el apodo del “Turco”.

Me pongo a pensar y a reflexionar sobre que la mayoría nos decimos inocentes:
“No vengo por esta bronca”, sin imaginar que cometimos el peor delito. Al menos
para mí, el hecho de no pensar en las consecuencias que caerían sobre mí
familia, eso es demasiado egoísta, porque cargan la misma pena, el mismo
encierro, o tal vez peor… Al mismo tiempo es algo que nos ha fortalecido con el
paso de estos años, ha sido buen aprendizaje para que cuando mi Dios, en su
inmensa sabiduría, decida reunirme con mi familia, ya no cometer tantos errores.

El encierro me ha enseñado a sacar lo bueno de todo, aún en este lugar, para casi
todos de perdición, para mí ha sido de bendición, por el hecho de haberme
reencontrado con ese Dios que es puro amor y que si le abres poquito la puerta
hace maravillas con tu vida. Te da a manos llenas, aunque no hagas méritos y no
te des cuenta de lo que te da. Así es este señor que hasta el día de hoy me
sostiene en sus manos, sin dejarme caer tan fuerte y levantarme rápido.

M.G. Lomelí