Eduardo

Recuerdo el día de mi detención, que no es nada grato, todo fue confusión, gritos, armas y demás, pero omito detalles por obvias razones. Lo que dicen que “ves pasar tu vida en un segundo”, no me ocurrió a mí. Estuve tres días en lo que después supe que era “la catorce”. Hubo salidas a diferentes lugares que desconocía, pero que eran apartados y ya se imaginarán qué pasaba. El tercer día, llegué a un lugar llamado “Arraigo”, que no era otra cosa que una casa tipo Infonavit, donde habitaban alrededor de 50 personas. Al llegar y ver tanta gente, pensé “ya valí”, pero fue todo lo contrario. 

Desde allí empecé a vivir en un encierro corporal, porque debido a mi estado emocional, no tenía dimensión de lo que estaba pasando, pero aún no lo sabía porque Dios me estaba preparando para soportar lo que vendría. En dos o tres ocasiones, ya estando en el área de ingreso del lugar, tuve la sensación de una especie de claustrofobia, pero la gracias de Dios me ayudó a no sucumbir y salir de esas situaciones. Bien dice la frase “Dios da las mejores batallas a sus más valientes guerreros”. En ese lugar estuve 28 días, entre interrogatorios y rosarios y música los fines de semana, ya que en frente está un lugar que se llama “La Penca”, donde hubo fiesta a partir del viernes. Todo el tiempo fue terror, por el motivo de que a diario llegaban las diferentes agencias para “interrogatorios”, todos queriéndose esconder uno tras de otro en un cuarto de 3x3mts2.

Después de casi un mes en el Arraigo, me trasladaron a Centro Integral de Justicia Regional (Ceinjure) en Lagos de Moreno donde pasé ocho días más. No sé si realmente estaba helado ese lugar o solo lo sentía así por mi estado físico. Me llevaban el alimento a la estancia donde estaba, donde después supe que era de las visitas íntimas. Un día me llevaron un libro, que me dejó sorprendido por el título, El Hombre-Dios. No sé qué pasó, pero fue una prueba más para mí. Espero volver a encontrar este libro que inició un cambio tan significativo en mí. La verdad no recuerdo qué leí, pues aun estaba mal en todos los aspectos. Lo que sí me quedó es una sensación de bienestar y ganas de leerlos todos.

Un traslado más y eso fue a este lugar, que llamaron “Metropolitano”. No iba destino aquí, estaba para el “Preventivo”, pero eso lo supe después de un tiempo cuando un compañero que venía trasladado de ese lugar me dijo. No se dio porque a última hora las autoridades decidieron cambiar mi destino. Otra vez Dios actuaba, así lo veo yo. El recibimiento fue peor a las llegadas anteriores, ya que tenía un perro a cada lado, ladre y ladre, azuzados por sus cuidadores, y unos gritos en la oreja que parecía que los tenía adentro por la cercanía de la persona encargada de cuidarnos. Fue cuando me enteré que era un centro de alta seguridad. 

El principio, como en casi todo, es difícil, pero poco a poco me fui dando cuenta que lo verdaderamente difícil era yo. Es que hacía lo que yo quería pensando que vivía, pero estaba en un tremendo error. Recuerdo que el abogado de Lagos, me dijo muy serenamente que mi proceso era de seis a ocho meses, a lo que yo contesté por inercia—porque estaba bastante maltrecho en todos los sentidos—“¿por qué tanto?”, sin imaginar que los meses se convertirían en años.

Me pasa por la mente mi niñez y aunque no lo haya notado en su momento, siento que fui feliz, con unos padres amorosos que me inculcaron los valores y que gracias a  Dios, aún están conmigo. No sé en qué momento me perdí, fui escalando de un error menor hasta éste que me ha costado bastante y arrastré a toda mi familia por el camino, sin darme cuenta. Muchas veces me he preguntado por qué cometí tantos errores y yo solo me engañaba. El hecho es que empecé destapando un hoyito y abrí otro un poco más grande para tapar el primero, y así fui hasta que se hizo un socavón que ya no pude tapar y fue donde caí. Pero gracias a Dios no fue tan profundo porque aquí sigo. La realidad es que viví sin Dios, no más que tampoco lo sabía. 

Aunque muchos dicen que este tipo de lugar es de perdición, aquí he aprendido mucho y lo más importante es que me dejé tocar por Dios. Antes le sacaba la vuelta porque el mundo me tenía atrapado haciéndome creer que tenía todo, sin darme cuenta del daño que causaba a otros. Pero los tiempos de Dios son perfectos y aquí sigo echándole ganas, poniendo mi voluntad al servicio de ese Señor de Señores que me salvó de la muerte en más de una ocasión. Sigo esperando el momento en el que me reúna con mi familia, tratando de resarcir y ser mejor persona cada día. 

Viene a mi mente uno de esos días de algunos que hubo en el que estando en C.O.C. bastante encerrado dentro de mí, me dio un malestar de mareo, desesperación, ganas de correr, pero me encontraba en una estancia pequeña, en un estado físico deplorable y sin poder platicar con alguien ya que estaba solo y no se podía hablar en voz alta. No sé cómo logré contenerme, pero ahora entiendo que fue la gracia de Dios que me dio la fortaleza de resistir. No sé cuánto duró este trance, pero se me hizo bastante tiempo.