Marcos Contreras

“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido”

En el preventivo me sentía encerrado, sin saber que aun no conocía lo que era el verdadero encierro. Lo tenía todo, visitas familiares en terraza, podía pedirle a mi esposa o a mi madre algún platillo de mi gusto y ellas me lo preparaban con amor; había días en que llegué a pedirles comida y cuando me la llevaban, yo ni la probaba por andar enfiestado.

Gracias a mi posibilidades económicas, tuve acceso a algunos privilegios, me lavaban la ropa, me hacian la limpieza y me cocinaban; si deseaba recibir una visita en terraza o íntima, con sólo hacer una llamada tenía una tarde o noche agradable. Olvidé el encierro y la realidad de dónde me encontraba pues la mayoría del tiempo me la pasaba tomado o drogado. Sin embargo, un día tomé una decisión que lo cambió todo, decidí fugarme, fue sencillo, al igual que todos los demás privilegios que tuve, sólo bastó con que lo deseara para que fuera una realidad.

Disfruté de la libertad poco más de un mes; me respondieron y volví al centro sin siquiera imaginar que todo cambiaría en unos meses. Por órdenes de vigilancia, soldaron la puerta de mi celda para que no volviera a intentarlo, mi gran idea me ganó ese privilegio; así fue mi vida por un tiempo. Ese no fue el único cambio; después fui trasladado de un lugar a otro hasta que me mandaron a un módulo donde había muchos como yo. Nos llamaban Los Ingobernables.

Ocho meses después, mientras estaba acostado, escuché el ruido de botas corriendo y subiendo por las escaleras; en cuestión de segundos estaban afuera de mi estancia, me ordenaron que abriera la puerta y, en ese momento, supe que algo andaba mal.

Cuando llegas a una prisión de Máxima Seguridad, es cuando se sabe el verdadero significado del encierro.

Mi vida dio un giro de 360° y, no fue por azares del destino, fue por la decisión que tomé cuando decidí fugarme. Por seguridad, decidieron trasladarme al CEFERESO de Alta Seguridad; ingresé el 24 de enero del 2002.

Todo fue nuevo para mí, las órdenes las daban gritando, había perros ladrando y gente susurrando. Aun no sabía dónde estaba y ya había empezado mi calvario. Cerré los ojos para tratar de asimilar lo que estaba sucediendo cuando escuché que me gritaban: “¡usted acaba de ingresar a un centro federal de máxima seguridad, aquí sólo es un número!”. Sentí mis tímpanos reventar, me asignaron un número pero, con todo lo que estaba pasando, no pude oírlo bien y, cuando un oficial me lo preguntó de nuevo, no supe decírselo. Los gritos comenzaron de nuevo.

892 se quita la ropa, el cuerpo le tiembla bajo la ropa interior, las voces lo aturden, la ropa interior cae al suelo, la piel se le eriza de frío. Obedece, 892 se dirige hacia los escalones que han sido denominados: La Rampa. 892 jamás ha estado tan vulnerable como hoy. Toca la punta de sus pies, hoy descubre quién manda.

El cráneo recibe la rasuradora, el corte, nada estético, es requisito del centro. Luego del baño, el agua estaba tan fría que 892 siente cada gota de agua como si fueran clavos. Se le asigna uniforme, está sucio y gastado, el olor le recuerda al sudor que se ha secado tras varios días. El pantalón le queda grande, la camisa aún más. 892 llega al área de C.O.C. y se sabe observado, si cuida bien su comportamiento, le asignarán un módulo. 892 vive quince largos días en esa zona.

Mi primera noche en el CEFERESO sufrí insomnio, el impacto psicológico me afectó mucho; por más que lo intente, me costaba olvidar los gritos, los ladridos de los perros y todo lo que sucedió. Por fortuna el cansancio me venció y pude dormir.

892 escucha voces lejanas, poco a poco las siente más cerca, tanto que taladran sus oídos. Reacciona, quien habla está parado frente a la puerta de su estancia. 892 acata la orden que con gritos le han dado. Se viste de inmediato. Intenta recordar el número que le asignaron y que una vez más le piden. Los gritos no cesan. Al día siguiente, 892 repite constantemente su nuevo nombre para jamás olvidarlo. La presión que siente lo traiciona y sigue olvidándolo.

Todo sucedió tan rápido que aun sentía la resaca de la fiesta pasada y la malilla de la droga que consumí; me encontraba en el área de baño, tolerando el agua fría, tratando de asimilarlo todo, tomándome lo que creí que era mi tiempo, entonces, los gritos de nuevo.

892 tiene diez minutos para comer, diez minutos por baño y sin saber qué acto cometió, recibe reprimendas con mucha frecuencia.

El 27 de enero del 2002, tres días después de mi ingreso, mi familia ya conocía el sistema, sin embargo, el cambio también fue drástico para ellas. Jamás olvidaré ese día porque, cuando mi hija me vio, me dijo con asombro y lágrimas en los ojos: “¿qué te hicieron papi?”.

892 siente que el corte de pelo y el uniforme tan grande, le dan el aspecto de un loco, pero eso pierde importancia, lo que le afecta es ver a su niña sufrir, tanto como él, el cambio tan drástico que ha dado su vida. 892 recibe una oleada de recuerdos, revive en su mente todo lo vivido en el preventivo, las fiestas, las drogas, todo lo que hizo con tal de evadir lo que él creyó era un encierro.

Luego de varios días en el C.O.C., me asignaron módulo y stand. En ese momento era hora de patio; pude salir con los compañeros, reconocí a uno con el que había estado en el preventivo. Caminamos juntos, me platicó cómo eran las cosas en este lugar. Al pasar cerca de los demás compañeros, me saludaban dándome del estado donde nacieron: Nayarit, Culiacán, Monterrey… Guanatos, les dije orgullosamente.

Dos meses, y yo todavía no me adaptaba al sistema. Órdenes, gritos, cuidar cómo miras a los custodios y tolerar las consecuencias si alguno de ellos se ofende.

892 guarda su postre y lo lleva a su estancia. Los treinta días que recibe como castigo no fueron dulces. La celda está vacía, extraña a su familia. El tiempo pasa lento, si tan sólo pudiera tener acceso a una pluma, una hoja, quizá un libro. No sólo está aislado de la población, también lo está del sol.

Pasados los treinta días, recibo una visita familiar; me vieron demacrado y yo las vi irse con mucho pendiente.

892 se niega a tomar un medicamento que le recetaron debido a una alergia. Treinta días más lejos del sol.

Cuando regresé a mi módulo, los compañeros me dijeron que yo debería valorar más a mi familia; ellos eran de otros estados y, al no poder contar con su visita, sabían bien de lo que me hablaban.

892 se involucra en un acto de rebeldía. Las consecuencias son tan serias que el Ministerio Público interviene. Noventa días alejado del sol, su único contacto con alguien más, se da cuando recibe sus alimentos, 892 los recibe a través de  una pequeña puerta. El Ministerio Público resuelve que es inocente y lo absuelven.

Me cambiaron de módulo, nuevamente recibo visita de mi familia. Están preocupadas por todo lo sucedido, sin embargo, yo seguía sin cambiar de opinión, les confesé que nada me haría cambiar de parecer, todo en mí se revelaba contra el sistema, yo era mi propia cárcel, entonces recibí una carta que lo cambiaría todo.

¿Qué me hizo aterrizar? Una carta de mi hija de siete años. Al día de hoy lo recuerdo y me causa nostalgia. A su corta edad, ella se daba cuenta de todo lo que sucedía y, al igual que yo, sufría. Sin darme cuenta la arrastré con mis problemas. En la carta me dijo: “Papi, espero que estés bien, y portate bien para que no te peguen y te castiguen”. Esa misma tarde cambió todo. Le di un giro a mi vida, prometí, a mi y a mi familia, que ya no tendría ningún castigo y que aprovecharía todo el tiempo que estuviera en este lugar. Empecé a ir a la escuela, aprobé la primaria, la secundaria e incluso aprobé cinco exámenes de preparatoria. Asistí a todos los talleres y cursos que impartían, comencé a leer libros y empecé a alimentar mi alma.

Lamentablemente, los momentos difíciles aun no terminaban. Mi padre murió en el 2005, perdimos a mi hija Luz María, a un mes de nacida; ese mismo año también muere mi madre y, como si el destino me jugara una broma, en el 2006, fallece mi hijo de 19 años. 

Durante todo este tiempo me tocó levantarle el ánimo a mi hermanos y a mi esposa, lo hice a través de cartas, les di fuerzas que y mismo no sé de donde saqué. Aquellas eran palabras para ellos, pero también para mi.

En estos 25 años, mi esposa ha sido mi pilar. Le doy gracias a Dios por prestarme a su hija, la más fuerte, porque el encierro no ha sido sólo para mí, también lo han sufrido ella y mis hijos.

Se pueden decir muchas cosas más del encierro, a algunos nos cambia para bien, a otros para mal. La diferencia está en cómo cada quien quiera pasar el momento y analizar si vale la pena seguir ese camino. 

892, o como prefiere que lo conozcan, Andrés M., tuvo un cambio drástico, los que lo conocen de hace años se asombran de su cambio, ojalá y así nos pasara a todos para reincorporarnos a la sociedad como nuevas personas y aprovechar la segunda oportunidad.

Francisco Torres Hernández