Lucila Ruiz Jiménez

 

Cuando era niña pensaba que la vida tenía una secuencia, que era una limpia y organizada sucesión de los hechos que enlisté varias veces. Soñaba en cómo sucederían aquellos eventos que se repiten en la vida de todas las mujeres: qué estudiaría, con quien me casaría y cómo serían los sillones de mi hogar. Listas accesibles, soñables, que si sucedieron o no solo las recuerdo por el impacto que tuvieron en mí; ahora recuerdo que habemos quienes tenemos la posibilidad de soñar con listas higiénicas del orden de la vida, y cómo todas esas anclas mentales se desvanecieron cuando conocí a B.

Por aquel entonces yo era practicante universitaria, de esas que en el imaginario social se ven representadas llevando cafés y sacando copias en una oficina, sin ejercer nada, aprendiendo del hostil mundo laboral. Fue ahí donde llegué al Centro de Reinserción Femenil en mi afán de hacer de la rutina algo diferente. Los detalles son lo de menos, si serví cafés con demasiada azúcar o me acabé la tinta de la impresora son cosas que no importan.

B y otras mujeres privadas de su libertad nos conocimos en la clínica de la cárcel, mi área de trabajo. Mi juventud les inspiraba “un no sé qué”, mezcla de confianza y diversión; con mi bata, comiendo con las que ellas pretendían contarles sus problemas, escuchar sus soluciones y esperar los beneficios de su “buena conducta”. De ese lado también escuchaba cosas, principalmente de la simulación de unas y otras por llevar la reclusión en paz, donde los talleres que me tocaba impartir eran una pieza más.

¿Los sueños cambian adentro? Rutina. Revisión de pertenencias, altura de zapatos, quitar el cinturón, sello. Rutina e ingreso. Los expedientes y la rutina rota cuando me dicen que la sesión del día se suspende, pero a B no le avisan y por eso llega como siempre: con la prisa y pensando en su trabajo, el que continúa tras la sesión porque no se decoran ni hacen solos esos vestidos de novia con que se casan las de afuera, las que sueñan. Nos sentamos a platicar, sin café y sin dulces como lo hubiéramos hecho en libertad, yo escuchándola mayormente porque me quería contar su vida, un relato que fue destruyendo poco a poco las listas ideales escritas en la infancia.

Sentadas en bancos casi al raz del suelo, las dos teníamos casi la misma edad, morenas despercudidas, estatura parecida, pocas diferencias además de nuestros respectivos uniformes y su gusto por la sombra morada en los párpados. Pocas diferencias además de que sus siguientes 30 años se proyectaban muy diferente a los míos, más pesados y bajo el mismo sol encandilador que siempre daba a esa hora del día, sofocante y beige, iluminando los rosales que se podaban ese mes. ¿Hubiéramos estado ahí sentadas si alguien la hubiera auxiliado cuando su papá abusaba de ella y su familia le pidió que no hablara “mal” de él?, ¿cuando llevaba el quinto intento de suicidio? Claro que no se quería morir, decía ella, pero a la vez sí.

 

Mariana Hernández León

Mariana Hernández León

 

Algunas veces. Era difícil decidirlo cuando se sentía triste, como cuando se dio cuenta que irse a vivir con aquel muchacho no la iba a sacar de la pesadilla y que ahora tendría que parir; cuando trabajaba mucho por poquito en la construcción, sin seguro para atenderse en el hospital, cuando se lastimó en el trabajo o cuando su pareja la lastimó, herida que punza en tiempo de frío. ¿Hubiéramos estado ahí sentadas platicando casi en murmullos a la vista de todo el mundo si B hubiera podido estudiar administración y trabajar en una oficina, como hacen todas las mujeres de afuera? “Las mujeres buenas” que no dañarían a sus hijos, las que utilizan los vestidos de novia que ella decora pacientemente.

Pese a todo, acepta sus responsabilidades y supone que las cosas van a mejorar en el transcurso de los próximos 30 años. Le gustaría estudiar mucho más, pero ya tomó todos los cursos que se ofertan. Tal vez después cambie de trabajo, solo que en jardinería le pagan muy poco y eso no le alcanza para sus gastos. Al contrario que muchas compañeras, ella no tiene parientes que la visiten y le lleven artículos de primera necesidad porque ella “ya está muerta”, como le dijo su madre desde que entró a la cárcel, pero al menos su papá sigue comiendo en la mesa familiar.

En los meses que me quedaban de prácticas nunca pudimos volver a sentarnos a platicar como en aquella ocasión. En un lugar donde la rutina es estricta y parece que los días son los mismos, aquellas fracturas en el tiempo son casi imposibles de repetir. Entre octubre y noviembre todas las mesas del área administrativa y la clínica donde hacía mis prácticas tenían rosas de la poda masiva que se hace religiosamente cada año, esto para que las rosas continúen retoñando y así por lo menos hasta los siguientes 30 años.