Jorge N. Solorio Villanueva

 

 

I. Inicia la charla

Tras recibir pisotones en las pantorrillas, patadas en el abdomen, asfixia con bolsa plástica y bofetadas, todo al mismo tiempo, la conversación se desarrolló en torno a cooperar con la autoridad.

—¿Dónde están las armas? —dijo el oficial, efectivo de la policía estatal.

—¿Cuáles armas? —dije con cierta escasez de aliento.

—¿¡Dónde está la gente, las oficinas!? —gritó el agente—. ¿Dónde están los cuerpos? ¡Señala una fosa! —replicó.

Entre preguntas se fue toda la primera noche, y los descansos en realidad eran los cambios de turno, llegaban policías con fuerza renovada, o tal vez mi menguada energía así los percibía.

Las instalaciones de la 14 tienen la capacidad de producir recuerdos turbios, nada gratos y con secuelas.

II. Trabajo, familia, sol y mar

En la empresa me informaron que necesitaban alguien para trabajar en un hotel de cinco estrellas en Punta de Mita, Nayarit. Cuarenta meses de servicio y diversión dejan un muy buen valor curricular y gratos recuerdos. El hotel ostenta un jardín sumamente cuidado y minuciosamente estructurado con vegetación nativa. Entre flores, césped, palmeras, plátanos y papayos, encontramos un camino serpenteante de cemento con piedras de cara lisa a los lados que lleva hasta la playa y pasa por la orilla de las albercas que albergan 10 mil galones de agua, formando una estrella de seis brazos, o las albercas bajitas, donde las familias con niños pequeños pueblan su entorno. En el centro de las albercas hay un snack al pie del agua que abastece de bebidas frescas a los vacacionistas. Antes de llegar a la playa encontramos el restaurante, una amplia palapa que ofrece resguardo del sol tropical con buena comida y atención, tal como lo indican los cánones en la hotelería de primer nivel.

La alberca era abastecida desde un espejo de agua en el lobby que partía donde el huésped bajaba del vehículo. Cubierto con cristal, era transitable, y pasando por un jardín bajaba en cascada entre piedras y corría por las seis albercas. Recorría una línea de alberca profunda para nadar cómodamente; hacia el final, se extendía formando un gran T al pie de la playa y una cascada mucho más ancha y tenue, la caída bañaba el amplio chapoteadero y los camastros de azulejo frente al mar.
Mi madre y mi hermano menor tomaron sus vacaciones conmigo y un mes después se mudaron. Trabajé hombro con hombro con mi hermano y nos apoyamos de tal manera que nuestra vida era feliz, como trabajar y vacacionar al mismo tiempo. A decir de él fue una buena experiencia y nuestra madre, con nosotros al pendiente de ella, no tiene conflicto alguno que recordar. Mi cuñada rápidamente formó parte de nuestra unión familiar y sin duda le debo que las finanzas familiares existieran. Sin su apoyo y organización no me imagino lo que hubiera ocurrido.

La estabilidad económica y tranquilidad emocional se verían truncadas por el término de operaciones del hotel.

III. Tropiezo en casa

Desde Punta de Mita rechacé invitaciones de un amigo para trabajar con la maña. Disfrutaba mi trabajo y no suponía ver el fin y despedirme de la Costa Alegre. Cuando aquello sucedió, regresar a casa parecía la mejor opción. Me encontré con mi amigo y la pasábamos muy bien. El fin de semana comenzaba los miércoles y quien era mi compañero de juerga me decía, “ve cómo vivo, si trabajas conmigo nos va a ir mejor”. Todo parecía ser real, todo era fiesta, no lo veía hacer nada difícil.

Dos años insistió y mi negativa era firme, pero sin empleo mi visión se distorsionó y comencé a hacer ronda con él. Una parte de mí quería participar, me jalaba la aventura, la emoción, la adrenalina y el dinero. No suponía carencias mi falta de empleo; en las ventas se gana bien y siempre podía regresar a ellas, no estaba en un total “desamparo laboral”. Sin embargo es fácil desviarse del sendero cuando existen posibilidades de acelerar un proceso, teniendo un sueño de por medio. Se puede perder el sueño en el camino por materializarlo y también se puede perder el camino por anhelar el sueño.

Todo fue tan lento. Me estacioné en el lugar que corresponde al departamento donde íbamos a arreglarnos para ir con unas amigas a cenar algo que una de ellas había preparado. Al apagar el motor, dos camionetas se detuvieron detrás de nuestro vehículo y descendieron hombres vestidos de civiles, con chalecos tácticos, botas militares y armas largas. Rodearon el vehículo, nos pidieron que bajáramos y se escucharon los cerrojos que llevan el cartucho a la recámara. Notamos vehículos y gente armada a la distancia, seis camionetas logré contar. Nos dijeron que nuestra camioneta tenía reporte de robo y nos esposaron. Ahí supuse que era nuestro final, aquella ridícula acusación debía ser porque ellos eran contras. Pero luego de unas horas de charla de la que fui el centro —pues creyeron que yo era al que buscaban— nos dejaron en la calle 14 en la zona industrial.

Solo duró tres días y cuatro noches allí, seguidos por treinta días de interrogación ‘en el arraigo’, donde vi cómo se desmoronaban mis planes frente a mis ojos; fue como ver caer las Torres Gemelas y no poder hacer nada. Y el miedo, la tristeza, el dolor por el fracaso y la pérdida, todo ello junto, fue equiparable a lo que se lloró tras las explosiones del 22 de abril en el sector Reforma en Guadalajara. Fue muy duro, pues cada día me daba cuenta de todos los problemas por los que había que responder y aun cuando no eran míos, estaba ahí, con quien todo tenía que ver, según podía percibir.

Recordar la última carne asada que organizamos, con cuatro salsas diferentes, cebollitas empapeladas con aderezo, seis barriles de cerveza clara, camaradas de diversos trabajos pasados y amigas que laboraban en distintos Table Dance dieron vida al lugar. Comida y bebida no faltó y el DJ amenizó en grande. Esto, eso, no estoy seguro de haberlo disfrutado, era un recuerdo que se opacó por la realidad, una celda en el Centro de Observación y Clasificación (C.O.C.) de un penal que decían era de máxima seguridad. Esta vez no hubo disfrute, solo frustración. El error fue suponer que todo estaba bien, que no perdí el derrotero, que el fin justificaba los medios…

IV. Plan de vida

“Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes,” reza un dicho popular. La meta de vida que por décadas he albergado, el sueño que llevé por años fue muy diferente de mi realidad actual. Lejos estoy de administrar un restaurante de mi propiedad. Mi inclinación fue por la comida y apuesto por que el servicio de calidad haga florecer el negocio. No encuentro muy complicado entenderlo, no soy empresario, ni chef, ni tengo los secretos del éxito como Og Mandino para las ventas. Sin embargo, sí soy comensal y sé cómo quisiera ser tratado. Un claro ejemplo de que esto funciona, es un empresario que se molestó con el petulante servicio y atención despectiva que recibió y decidió abrir su propio hotel, el cual ha ganado por años el reconocimiento mundial en este menester: “atención al cliente y calidad en el servicio”. Su ejemplo lo han seguido algunos como el Mayan, ostenta dicha galardón a nivel Latinoamérica por años. No veo porque no pueda ser usado el ejemplo del Four Seasons en la industria de la gastronomía a la que anhelo tener la oportunidad de incursionar.

Sin embargo, este no es el único ejemplo que existe, el ver la historia personal y conseguir una enseñanza es de un valor incalculable y en este caso, solo de inicio, me entero del mucho sufrimiento y preocupaciones que hice padecer a mi familia y las molestias que hoy les provoco.

No hay a quien culpar. Supongo que poco a poco me fui acercando a este fin, a este, tal vez, inminente tropiezo.

 

Jorge Juárez

Jorge Juárez

 

V. El inicio del final

El gerente del lugar tenía un ojo morado y en el brazo derecho una venda le cubría una herida de tres puntadas de sutura. El hombre carecía de físico para hacerles frente a los dos sujetos que dos noches atrás le asestaron una golpiza. Viéndome firmemente a los ojos el hombre me preguntó “¿y tú no eres sacatón?”

“Permítame la oportunidad, señor, y le aseguro que no me recomiendan por sacatón”, dije con aplomo, sin querer opacar su inútil intento de intimidarme.

Estaba enojado pues la noche anterior dos jóvenes empleados fueron espectadores de la generosa paliza que le acomodaron al gerente dos clientes que intentaban retirar del bar por nefastos. ¿Cómo conservar a alguien que, siendo del grupo de seguridad, permite que golpeen al gerente del lugar? Por ello pude asistir y cubrir esa vacante. Era joven y brioso, así que cuando me invitaron a trabajar en un Table Dance, por supuesto que acepté. Este lugar en carretera a Chapala y periférico era famoso por violento. Viernes y sábado había trifulca segura.

Las chicas sólo llevan un bikini o simplemente se pasean en tanga, haciendo gala de miradas coquetas, jugueteando con su cabello entre sus dedos y esas plataformas que logran resaltar sus poderosos glúteos e igualmente favorecen sus pechos. Cuanto poder existe en ellas, como lo indica el dicho popular: “jalan más un par de tetas que dos carretas de bueyes”.

Siendo un poco inmaduro en este negocio, me enfoqué en mi trabajo y en observar para no cometer errores. Eso me dejó libre de andar de galán, eso y que la chica que me gustó estaba con el gerente del lugar.

Una bailarina de Argentina me dio la clave, “nosotras, vemos, o estamos con, entre tres y cinco hombres al día, pero necesitamos uno que nos haga sentir”. Ellas “prestan un servicio” en palabras de ellas, sin embargo, padecen vejaciones, humillaciones y sometimientos en el cumplimiento de fantasías, sin mencionar el tratar de salvar su vida cooperando con el cliente, quien lamentablemente solo la ve como un objeto o juguete sexual.

Las mujeres que se dedican a esto tienen la capacidad de adormecer una parte del hombre y despertar la que ellas necesitan, la parte que no piensa, la que solo actúa. En cinco minutos dejan las hormonas masculinas más alteradas que un panal de abejas apedreado. El sujeto, sentado en un sillón, observa a la mujer cerrar la cortina, se aproxima a él lo suficiente para sentir su respiración y sin tocarlo, pareciera que ella le arrebatara un beso suave y pasional, lento y a paso firme y este, aunque ausente, le deja una sensación en los labios de su calor. Él observa cómo se quita las únicas dos prendas que su delicado cuerpo porta con orgullo, pues la figura es envidiada por muchas y él la recorre con una mirada quirúrgica mientras se mueve con presteza al compás de la música. De un movimiento, ella se encuentra sobre él, como una pantera apresa su alimento pero a diferencia de aquella, ella la acaricia el cabello, desliza sus tersas manos por los hombros hasta llegar al pectoral de su presa. Al mismo tiempo, sus movimientos emulan un coito suave y sin prisa, teniendo el control de todo movimiento. Un momento antes del término del tiempo, ella lo abraza tiernamente, despidiendo el contacto cara a cara con una mirada sensual y le dice al oído con tono soso, “vamos a un lugar más privado y verás cómo nos la vamos a pasar”. Si él muerde el anzuelo, ella consigue ganancias y ambos se olvidarán mutuamente.

Los años que trabajé en estos centros nocturnos, me di cuenta que la gran mayoría de las mujeres que ahí trabajan fueron abusadas por alguien cercano cuando ellas eran pequeñas y su padre o su madre no les creyó. Noté que después, al crecer y ser mayores de edad, usaron el sexo para manipular a los hombres.

Baby Crazy salió del bar a las 5 de la mañana. Un taxi la esperaba. Ella abrió la puerta de atrás del chofer y dejó una maleta, una bolsa con cosméticos, su bolso de mano y dijo —nada más cobro y nos vamos, Papá.

—Aquí te espero —respondió, completamente libre del clásico tono servicial de un taxista.

Salió ella y justo antes de subirse al vehículo, un mesero la abordó con cierta prisa: —Baby, el cliente con el que estabas quiere una salida contigo.

—Estoy cansada —dijo después de pensarlo un poco con sueño en las palabras.

—Pero Baby, es una salida. Ve, te veo en casa —dijo el taxista en tono de orden paternal.

—Papá, estoy cansada —replicó la mujer de 20 años. Se subió al taxi y se fueron. Se percibía que él mandaba.

En este tiempo vi con sorpresa que eran los padres quienes empujaban a sus hijas a trabajar en este medio. Dos taxistas iban a recoger a sus respectivas hijas al Table. Dos meseros tenían a sus hijas en otro establecimiento diferente del que ellos trabajaban, pero pertenecían al mismo patrón. En cierto bar, una bailarina de 43 años guiaba a su hija de 18 en el “medio artístico”, con solo una mirada, la recién llegada sabía qué hacer, ciertamente la instruía.

Recuerdo que en mis inicios en este negocio no había consecuencias legales si un cliente nefasto se iba del lugar con moretones o, heridas, etc. Hoy es distinto, un golpe pintado y se procede a la detención por lesiones. Y no es nada barato salir del problema. En una ocasión el patrón pagó 60 mil pesos al Ministerio Público para que no llegaran al penal los compañeros involucrados en una riña cuando los clientes señalaron a tres de nosotros frente a la policía. No trascendió, pero estuvo cerca.

Un día se apoderó de mí la rabia. La escena era algo perturbadora. Me aproximé con la única intención de hacer notoria mi superioridad física, sin embargo, la razón se apoderó de mí y solo le dejé caer aquel líquido entre amarillo y dorado en la cabeza, muy a pesar que el sujeto nunca soltó el envase de Corona.

La tenue iluminación no impidió que notara que en una de las mesas algo no andaba bien. Un hombre de alrededor de 25 años tenía en sus piernas a una bailarina, cuando sin más, éste agarró una cerveza y la derramó sobre la rubia cabellera de Yuridia. El chorro de cerveza era tímido y ella, agachada, intimidada. Tomé la mano que sostenía el envase y lo dirigí a su propio rostro dando un poco la impresión que él mismo la vertía sobre sí. Retiré a la joven que en su rostro reflejaba tristeza y humillación por el acto del cliente y procedí a sacar al tipo del establecimiento, junto con el adolescente que le acompañaba y cuya mirada reflejaba su miedo. No hubo resistencia, mucho menos hostilidad.

Él era vecino de Yuridia, y la trató de extorsionar, buscando favores sexuales bajo la amenaza de divulgar en la colonia su profesión. Se tomaron las medidas pertinentes para que el estafador dejara de molestarla.

Para la gran mayoría de ellas, no termina mal, pero muchas encuentran antes la retirada. Angi venía llegando de un pueblo. “Tenía posibilidades”, en palabras del dueño del congal. Una joven de 19 años, piel blanca, con pequitas en las mejillas, carismática, con una bella sonrisa. Decía tener pena para bailar, lo que para algunas significa una lástima, pues no habría oportunidad de engalanar la pista con sus curvas. A pesar de ello, fue la chica estelar y optó por el intercambio de sexo por dinero. Noche tras noche tenía varios clientes que requerían de sus servicios.

 

Viendo a la Sexoservidora por la Cerradura - Ignacio Castellanos Llamas

Viendo a la Sexoservidora por la Cerradura – Ignacio Castellanos Llamas

 

De ella no supimos mucho. Hizo fama, hizo dinero, hizo adicción y como rock star en la cresta del mundo, la sobredosis terminó con todo. Llegó una muchacha con sueños e ilusiones y encontró un reclutador que le remuneraba con destrucción, una vida por unas ganancias. En un momento se percibe una efímera seguridad y de pronto el giro es inminente. Todo parece un sueño y la crudeza de la realidad se impone, como siempre.

La familia feliz convive como siempre, él con ganancias que privilegian al hogar, niños alegres, sabiéndose seguros con la unión familiar y ella, mujer sagaz, con el porte de las mujeres seguras de sí mismas basado en su belleza y figura atlética, los gustos caros son parte fundamental en su atuendo diario, y al día siguiente todo se esfuma. Vió caer todo a tierra al mismo nivel que bajaban cuidadosamente el ataúd de su esposo. Una pérdida irreparable, los niños carecerán de figura paterna y ella del estatus y estabilidad económica que para muchos es inexistente o insostenible, como la viuda lo acababa de contemplar.
No pasó mucho tiempo para que ella formara parte del grupo de trabajadoras nocturnas para sostener sus extravagantes gustos. Sin formación académica, sin experiencia laboral, pero sí con un físico, mucha actitud, necesidades banales y una familia que mantener; todo lo importante lo tenía. Se inició en el Table Dance.

Nunca midió el riesgo del empleo de su hombre, nunca imaginó que un enfrentamiento fuera escenario de su final y las balas le arrebataran la vida, nunca supuso que todo podía terminar, nunca se vio en necesidad hasta que todo giró.

Existe quien asegura que “Dios nos premia con sueños y nos castiga con la realidad». Creo, en cambio, que el peso de nuestros actos nos hace caer. En este medio, las actrices, una vez apagadas las luces se retiran el maquillaje y con él cualquier vestigio de una sonrisa, de una mirada coqueta, nada indica que eso existió. Salen solas, vacías, usadas y usualmente sucias. Solo ellas que lo viven lo entienden y lo sufren en silencio.

En algún momento percibí que esta experiencia me dejó una dureza emocional y un poco más frío y calculador, así como un gusto por la adrenalina que al final fue clave para no separarme a tiempo y vivir una aventura que nunca sucedió.