Jorge N. Solorio V.

“Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde.” Prefiero mi frase: “Uno sabe lo que tiene, simplemente no cree que lo vaya a perder.” Damos por sentado lo que tenemos y ahí se encuentra el problema, no le damos valor a nada, ni siquiera a nuestra propia vida.

Cerca de nuestro domicilio existía un campo grande donde se veían algunas vacas pastando y se delimitaba con un alambre de púas sostenido por unos postes de madera irregulares. En temporal de lluvias aquello era un gran tapete verde que rebosaba vida, estar en ese espacio era tan relajante que el tiempo pasaba sin prisas y sin embargo se iba en un suspiro, pues ese tiempo lo pasaba con mi padre y una pelota. Todo sucedía bajo la mirada de mi madre y no recuerdo haber consumido por completo mi energía cuando era la hora de partir, la temperatura bajaba y se sentía un fresco suave en la piernas, mientras el sol daba paso a las estrellas, llegábamos a casa bajo el cobijo de las luminarias y no existía entonces para mí, complicaciones de ninguna índole. Algo tan sencillo se disfrutaba en grande. Era la década de los ochentas y mi niñez transcurría sin obstáculos ni complicaciones.

Es interesante como me asalta este recuerdo y si lo pienso bien pude regresar al lugar y divertirme, pues, en ese espacio está el Trompo Mágico, sin embargo nunca asistí.

He aprendido a no permitir que los recuerdos se apoderen de mi pensamiento es muy complicado lidiar con un recuerdo que me saca una sonrisa y que al final es aplastado con la cruda realidad. Una cubetada de agua en el rostro mientras se tiene el más dulce sueño puede ser poco comparado con los sentimientos que atrae el presente versus el pasado.

 

“Aunque nadie ha podido regresar atrás y hacer un nuevo comienzo, cualquiera puede recomenzar ahora y hacer un nuevo final” – Jonathan García Allen.

Diego Sebastián R.

 

La relatividad del tiempo se observa tan claramente en reclusión pues cada hora parece interminable, qué irónico porque si volteo hacia atrás, el tiempo simplemente se fue como un hielo en la arena del desierto. El penal consumió cinco años y ocho meses, como desaparece el vapor que emana de mi taza de café.

Mi primer empleo formal fue en una fábrica de desechables y estaba contentísimo cuando me dijeron que me darían un aumento en el salario, de pequeño no tenía necesidad de trabajar, en mi adolescencia hubo un camino y surge esta necesidad, a los dieciocho años no se conoce el agotamiento y gracias a ello recibía un sueldo de quinientos pesos por ocho horas de trabajo de lunes a domingo. Lamentablemente siempre existe en qué gastar y por lo tanto no hay límite en el cuanto ganar.

Veintidós años después, trabajando en el reclusorio, la remuneración es de ochenta pesos por día, sin embargo la verdadera recompensa es que por consecuencia, se acepta mi petición de ver a mis sobrinos en calidad de visita, una vez cada cuatro semanas.

Todo éxito está sostenido por una cadena de fracasos, así que es probable que este “bache” en mi andar por la vida fuera necesario, las posibilidades de caer en la tentación crecen al analizar las ganancias de un trabajo con seguro social a un trabajo con posibilidades de obtener recursos “rápidos” “vastos” y “sencillos”.

“Actuar en el presente es la única manera de responder al pasado que nos trajo aquí; o de crear las circunstancias de nuestro futuro” – Dr. en Psicología Ramiro Figueroa.

La creencia popular tiene inclinación por asegurar que un recluso reflexiona por contar con tiempo libre, mucho tiempo libre. No estoy de acuerdo, considero que la carencia y las limitantes que el sistema otorga son, en gran medida una causa importante, en mi muy particular punto de vista.

He conocido personas en este lugar que aseguran, saldrán a hacer dinero, la realidad es que una vez en la calle, en un máximo de tres meses, han fallecido por fuego enemigo, ellos como muchos otros, viven del recuerdo, de sueños y pasiones banales. No conocen la carencia, no reconocen la realidad, no quieren padecer, no se permiten vivir y crecer dando oportunidad a que aflore en ellos el valor del esfuerzo y duro trabajo con sus recompensas y satisfacciones.

La muerte o la cárcel y ocasionalmente antes de este fin, está la posibilidad de caer en la densa red de la droga y su consecuencia: quedar demente. Observé los casos y decidí “no quiero esto para mí”.

“La vida de la persona libre empieza al aplicar lo aprendido en los primeros  proyectos importantes” – Anónimo.

El daño que producen ciertas sustancias adictivas en el cerebro es notorio e innegable, quedan secuelas irreversibles y según se ha podido observar, la paranoia es fiel protagonista.

Era el mes de mayo, el calor era complicado de tolerar y Chupón dejó caer en el suelo su colchón.

Latas tenía cinco días con actitud difícil de comprender. Al momento que cayó el colchón al piso de concreto, dijo –No te acuestes en el suelo porque me hondeo- en tono serio.

Luego, en un tono más amenazante, le repitió –No te acuestes en el suelo porque me hondeo-. Latas entró al baño y Chupón se acostó plácidamente como hasta las 02:00 hrs. Esto sucedió poco después del cierre nocturno que se lleva a cabo a las 20:00 hrs. Con la puerta de la celda cerrada no había cómo zafarse de la forzada convivencia y lo que vendría.

Un tercer habitante de la celda convencía a Latas que se acostara y así ocurrió. Chupón ya se había subido a su cama con su colchón pues le  pareció haber visto a Latas hacer extraños en el baño, se daba marcha, se hacía tierra, se estaba picando el… culpa de este desfiguro Chupón se retiró del fresco piso de concreto de la celda.

Latas, repentinamente se paró de su cama y le gritó a Chupón – ¡Te voy a matar!- y le trato de asestar un golpe con una chamarra y tras fallar le acusó –Tú mataste a mi hermano! Y te voy a matar por eso-, Chupón dijo con cierta pesadez -¿Lo maté?- se observó un rostro pensativo, como el de un niño frente a un examen tratando de recordar una respuesta que no conoce y agregó –puede ser que en algún enfrentamiento-. Sin embargo el tercer habitante señaló: -Chupón, Latas no tiene hermanos y tú nunca has estado en un enfrentamiento- a Chupón le esbozaba en el rostro una sonrisa igual al de un niño al que le dan la respuesta de la adivinanza y dijo: -es cierto- a Latas la furia lo consumía aun y tomando una toalla, al parecer R15 abastecida con dos cargadores comenzó a disparar a Chupón que soportó el embate del “fuego” gracias a que, sentado en su cama de arriba con las rodillas pegadas al pecho se cubrió con su cobija “blindada”. Le dejo ir los dos peines, lo supo el tercer habitante por las dos ráfagas, que vino hacer la pausa entre los ta-ta-ta-ta-ta-ta  que se escucharon. Latas aventó la toalla y dijo con tono más tranquilo pero con aplomo –nada más porque no es de verdad, si no te hubiera matado-.

-Soy la Santa Muerte y estoy cansado, tengo sed. Vengo de nueve mil novecientos noventa y cuatro pies bajo la tierra por una escalera delgadita ¿Crees que es fácil? Si no me crees, fíjate en el baño y los tendederos se van a caer uno por uno.

Prácticamente la noche se consumió en esto  pues se acostaba y se levantaba para hacer la guerra con Chupón, ya en la mañana al abrir las puertas a las 06:00 hrs. Latas se despojó de la única prenda de vestir que portaba, su short, y completamente desnudo corrió por el pasillo dando sentencias, libertades y fechas de defunción y posteriormente se lo llevaron a C.O.C.

Diego Sebastián R.

 

Puede ser gracioso, es cierto, aunque la gran verdad es que existe  a causa de algo nocivo, como ésta existen historias que no dan risas, sólo tristezas y horror.

El país está en este momento expectante con referencia a los desaparecidos, las personas buscan a sus seres queridos con pasión, esperanza, fervor, ahínco con el corazón como motor, el cerebro como guía y el hígado hecho un nudo por falta de resultados y qué hay de aquellos que están desaparecidos por una adicción, llegan al hospital, la cárcel o los que pueden saciar el apetito y por consecuencia deambulan por la calle con mirada perdida o simplemente una sobredosis los envía al descanso eterno. Los ven y sin embargo no se preocupan por esas personas  -como quiera ahí está- dicen –Aquí lo veo-. Por qué a ellos nadie los “busca” con ese celo inagotable. Este asunto no termina cuando el ser muere pues otro interesante de la familia puede ser engullido por alguna adicción.

“No es grande el que siempre triunfa, sino el que jamás se desaliente”  José Luis Martín Descalzo.

Es muy sencillo decir: la frustración se apoderó de mí como un pequeño se aferra a su golosina favorita, la desesperación fue mi fiel acompañante, la incertidumbre tomó el lugar de mi propia sangre y el estrés fue un consejero imbatible en mí, como una plaga, daba penurias a mi mente la cual por supuesto voló tan alto que de caer, no habría cómo dividir la realidad de la suposición.

No saber lo que sucederá es como un veneno que carcome los huesos y derrite el alma. En un principio la esperanza es culpable de todo. La visita del abogado, el cual tiene la facilidad de hacer creer que todo marcha bien, hace en el recién llegado al Reclusorio, un cierto alivio, sin embargo hay un detalle que el subconsciente nota, supongo, porque la desesperación por lo “inminente” crece horriblemente cuando cada minuto, cada hora, se espera que la puerta de aquella celdita se abra y el sujeto vestido de azul que me llevó ahí sometido, me diga en un diferente tono y actitud que todo terminó. El abogado nunca dice cuándo saldré, solo que pronto.

Me indican arreglar mis pertenencias para moverme al bloque fue breve, todo cuanto poseía lo podía llevar en una mano y la mayoría le pertenencia al Estado. Esto queda de manifiesto cuando nos llegaba una revisión. Nos sacaban de una celda de tres por tres de sólido concreto, ventanas de treinta por treinta centímetros con maya, en la cual vivíamos de uno por celda. Una vez afuera de pie y cara a la pared el oficial revisaba el espacio y al finalizar se nos indica verificar que nuestras pertenencias estén completas y rápidamente me enfoqué en la repisa que exhibía lo adquirido en la tienda y tras observar y contar: 2 Emperador, 2 Sabritas, 1 Ruffles, 1 delicias, etc. Volteaba a ver al oficial y le decía satisfecho: todo en orden. Él me veía con los ojos grandes y sin más se retiraba. Lo demás no me importaba, al fin y al cabo no era mío.  

Caminando por el túnel hacia el bloque solo pensaba ¿Qué tanto más voy a conocer este penal?

Cinco años con seis meses y el abogado no deja de decir: vamos muy bien. Este es diferente de aquel, sin embargo aún no tengo una sentencia y sigo esperando que un día un sujeto de azul me acompañe a la salida de este santuario de la estulticia. Encontré en el trabajo una forma de salir de la monotonía y en ciertas lecturas el refugio para salir de estas paredes. La autoridad lo llama “Centro de Reinserción”; los estudiosos lo llaman “escuela del crimen”; algunos habitantes del Reclusorio lo llaman “donde se relacionan” y muchos otros lo llaman “cantón”. Todas son ciertas, quien quiere cambia, quien decide se pierde aún más y luego sale con un nuevo grupo de trabajo y algunos viven y se desenvuelven cómodamente en un reclusorio.

Me ha servido para darme cuenta de lo equivocado que estaba por el camino que tomaría, de haber continuado, creo que muy prudentemente me llegó “la pausa en el camino”. 

Este laberinto del que debo salir, se forma consecuencia de mi negativa a pisar en la firme realidad y sus paredes se levantan alimentadas por la frustración de una situación de la cual no tengo ningún control. Las trampas en él son la lucha entre la persona que puede ser y lo que soy, sin embargo la confrontación conmigo mismo es como una brújula que me ubica. Debo salir de él porqué de lo contrario el día que salga de aquí no seré libre.

Cuando llegué a la celda en el bloque, rápidamente hubo una entrevista, éramos tres, y la plática estaba por supuesto, entorno al por qué estábamos ahí. Durante un mes se contó la historia, en un lugar donde no ocurre nada ¿Cómo dejar pasar el interrogatorio? Pasé de moda cuando llegaron más personas, apenas estábamos 70 en esa época.

En un futuro cuando salga de este sitio ya no veré a mi abuela paterna, a la lista se suma un tío que por cierto quiso asistir a verme y quince días después se nos adelantó, perdió la batalla contra el cáncer en los huesos, que al final lo invadió. 

La cirrosis y las balas me restaron dos amigos de los cuales me tuve que enterar por sus familiares, no hay historia que se iguale a la que puede contar una madre o un hermano, no hay escapatoria para no soportar una parte del peso que ellos padecen. No pude apoyar, no conseguí despedirme, mi ausencia fue lo que me representó.

En ese tiempo salíamos a deporte divididos en cuatro grupos, era suficiente gente para un partido de fútbol, el problema es que no había balón porque la autoridad, no lo permitía, lo bueno es que las porterías servían para tender ropa. Una balón de básquet que parecía una luneta gigante era lo único con lo que nos entreteníamos riéndonos de él claro por su forma, no era sencillo que pasara por el aro, hubiera sido muy duro que estas importantes bajas sucedieran en ese momento, ya con empleo, material para manualidades, escuela, mucha más gente y deporte se pasó diferente el luto .  

No es correcto enfocarse en el pasado, en el error, en lo negativo, en la duda o el desaliento. Como el atleta que no se encuentra preparado para la competencia solo con el vehemente deseo, de la misma forma es perseguir, el sueño, perseverante y consciente del posible fracaso, no es temerle a la dificultad, hay que tener miedo de no intentarlo, de caer antes de siquiera dar el primer paso, a eso le temo ahora.

Hay quien asegura que el hombre madura cuando deja de sorprenderse. Considero que el hombre, cuando pierde la capacidad de sorprenderse, una parte de él muere. El niño interno, la parte emotiva, aquello que nos permite reír un poco, el simple factor feliz.

Mi abuelo, sin saberlo me dio la pauta para ser fan del borrego asado, cómo no recordarlo justo cuando frente a mí se encuentra un plato con dos minúsculas tortitas de atún, que bien podrían saciar a una top model de los 90tas, famosas por su anorexia y bulimia, además, serán puestas en el retrete mucho antes de ser digeridas, no es relevante su especial sabor a caja de cartón asoleado. Guacamole con totopos calientes, pico de gallo enchilosón, salsa de chile de árbol espesa y la estrella, tacos de borrego asado a destajo, como lo marcan los más sagrados cánones.

Todo preparado en la cocina del establecimiento de mi abuelo, y para beber, un gigantesco jarro de litro de agua de horchata con dos hielos flotando junto a trocitos de arroz.

Solía ir con mi abuelo supuestamente a ayudar, no recuerdo haber hecho más que regar el jardín en la parte de atrás que se rentaba para eventos, de un lado toda la pared con enramada, del otro lado un pasillo con mosaico y mesas que no era otra cosa que unas gruesas rebanadas de un árbol, ocho personas por mesa, seis mesas en el pasillo delimitado por arcos altos de ladrillo rojo y techado, al fondo un asador de piedra donde podía asarse al borrego y satisfacer al celebrado e invitados sin problema, los adornos hacían creer que era una hacienda pero lo que en mi mente había era el viejo oeste. Ruedas de carreta de casi media estatura, frenos viejos y antiguos de caballo, equipo para marcar ganado, sillas de montar y un pozo para agua.

Al entrar al establecimiento por un lado está la nevería que desde la banqueta parece un local aparte, sin embargo ya en el interior se observaron los congeladores para paletas, nieve y agua de sabor, a un lado la barra de cervezas y más cervezas y un refrigerador solo  para los gruesos y pesados tarros de vidrio, muy a la antigua usanza a partir de ahí todo estaba tapizado con cuadros donde están jugadores de fútbol de la época en que mi abuelo jugó, toreros, cabezas de toro, espadas cruzadas, banderillas, playeras dobladas que exhiben el número, todo era fútbol o fiesta brava. Al centro una pianola atestiguó la mejor época del lugar, cuando sus acordes alegraron el ambiente y hoy en silencio, nos dejaba saberlo con su presencia, mis preguntas y las historias de mi madre en su niñez.

A pesar del banco donde estoy sentado y la barra donde estoy recargado, lo que ataja a mi vista es una pared,  esta vez busca alimentar la mente, desahogar el alma, tranquilizar el espíritu, no saldré como lo dice Carlos Cuauhtémoc Sánchez en volar sobre el pantano, “no saldré limpio”.

Donde el ayer y el hoy recrean un ignoto futuro que más que envuelto por la desesperanza, está posado sobre la decepción, misma que ayudó a querer salir adelante. Retórico y aun así, una paradoja me pudo traer aquí: pues para matar a sangre fría hay que tener la sangre caliente.

Contradictorio es el hecho que ciertas personas insistan al recluido, al estudio, al trabajo, a la reflexión. Lamentablemente es, encontrar un sistema diseñado para lo opuesto y el elemento clave es la desorganización y falta de interés de algunos integrantes de la hegemonía del centro penitenciario.

Igual que buscar un tejaban en la tormenta, es importante buscar el motivo de la prueba, y beneficiarse de ella.

En una bajada pronunciada la llanta de adelante se dobló sin querer dar la vuelta, las raspaduras que me hice en manos y rodillas impidieron que me riera, no así con los que vieron. 

Saltando con mi rodada 20, en el aire, la llanta de adelante se salió y el manubrio se metió en mi abdomen y de nuevo me raspe las rodillas, codos y espalda, no hubo risas hasta el día siguiente, una y otra vez me levante y cómo esto se trata de superar… subía a una moto, mi parte inconsciente dijo, dale por las vías del tren, te vas a ir derechito, mi parte subconsciente gritó -¿qué haces estúpido?, por ahí no, no tienes pericia-. Mi parte consciente se despojó de la emoción, muy tarde, porque me fui derechito al suelo y de una manera que no comprendo, la moto quedó justo atravesada sobre mi cadera estando yo acostado, una Kawasaki 750 cc. De pista no es algo de fácil de levantar y menos desde esa posición, llegó gente a auxiliarme así que esta vez me levanté con ayuda, así como en mi presente, que recibo ayuda   de las personas del grupo en el que me encuentro. He recibido consejos, tips, críticas constructivas, orientación y la oportunidad de, por medio de las letras, liberar presión.

Lo que queramos hacer, lo podemos conseguir y si no tenemos la manera, hay que trabajar para el fin. Las herramientas con que construyen cosas, no se hicieron solas, son fruto de una necesidad.

Todo es parte de una historia; puede o no ser útil, puede o no ser real, puede o no mostrar o demostrar un punto. Lo cierto es que aún tengo una oportunidad.  Vaya manera de purificar la plata, vaya manera de pulir el diamante, vaya manera de hacer crecer al ser.   

M.G. Lomelí