Jorge Juárez

 

Roger Ortega

Roger Ortega

 

Acostado en una cama de cemento, de las llamadas tumbas, con una cobija que no cubría mi estatura, tenía que decidir si cubrir los pies o el rostro, porque un enjambre de zancudos no me dejaba dormir. Tampoco ayudaba el pedazo de hule espuma que trataba de evitar que sintiera lo duro del material. De ahí, observaba por una ventana de 30×30 cm los rayos del sol que reflejaban en la pared blanca la forma de la malla que cubría la puerta de metal de la celda en el Centro de Observación y Clasificación (COCYDEJ). La regadera, la taza, el lavamanos, una pequeña barra con un banquito adherido al piso, cinco repisas y la cama, perfectamente acomodados en un espacio de 3×2 mts.

Desde ese lugar, recordé con mucha tristeza cómo sufrió mi hermana después de mi detención. Ella le preguntaba a diario a mi mamá cuándo regresaría a casa y a veces por las noches lloraba inconsolable y repetía que ahora quién la iba a cuidar y llevar a comer después de pasar por ella a la secundaria. Algo de lo que puedo estar orgulloso es de nuestra unión y apego, algo que antes no valoraba.

Cuando llegué a “ingreso” a un penal en Jalisco con malestar por la golpiza que me habían regalado en la 14, hubo una persona que me ofreció de beber y sin hesitar acepté. Así fue hasta que me pasaron a “población.” En ese lugar, evité la fiesta después de ver lo que le sucedió a una que otra persona que tomó de más. Me di cuenta que también era necesario estar alerta, pues a la primera oportunidad alguien va a querer “rastrillarte” o venderte algo para satisfacer su adicción. Seis meses ahí fueron muy útiles para aprender a desenvolverme y a tratar con ciertas personas, personajes y uno que otro artista.

Al cumplir medio año privado de mi libertad, fui trasladado al Reclusorio Metropolitano. Fue aquí donde llegué a entender el enorme error en el que me encontraba. Por una parte el daño que le estaba haciendo a mi familia y, por otro, la forma que desperdiciaba mis recursos materiales y mi energía. Gustosamente, en estos cinco años, he desarrollado algunos valores y todo gracias a la ayuda que me permití recibir del área de psicología y en los diferentes cursos y charlas que el penal provee. Entendí que si se quiere, se puede.

El primer día que estuve en población del Metropolitano, me asombré por el encierro que, contrario al otro penal, era excesivo. Parecía que tenía el afán de apaciguar mis emociones, que dejara de lado mis metas y anhelos. Me pareció así porque las primeras personas que conocí, a toda costa, querían llamar la atención, necesitaban que alguien les hiciera caso y pretendían hacerme creer que eran poderosos, pudientes, sumamente agresivos. Esta gente presume diversas posesiones: Está el que tiene 10 mil gallos de pelea, el que tiene 15 ranchos, un poseedor de minas y hasta el dueño de medio Puerto Vallarta. Y no hay que olvidar de todos los que afirman su preferencia de estar aquí adentro por la calidad de vida que su alto nivel les otorga dentro del reclusorio. Pasó el tiempo y, a pesar de que seguían actuando igual, me di cuenta que no eran nadie y solo viven amargados haciéndole la vida pesada a quienes los rodean por la convivencia forzada. Tratándolos un poco y observándolos, uno se da cuenta que le deben a medio penal y se entera que sus historias son tan verdaderas como que no existe corrupción en México.

Con todo esto, me he dado cuenta que yo no quiero terminar así.

 

Lucila Ruiz Jiménez

Lucila Ruiz Jiménez