Delinquir no paga - El Colombo

Delinquir no paga – El Colombo

 

Fernando Pineda

 

En el año de 1988 nací en el barrio de Postes Cuates, perteneciente a Oblatos. La zona tiene fama de ser uno de los lugares problemáticos de la ciudad, ocasionada porque existen muchos problemas intrafamiliares. Con una población disfuncional, se trae como consecuencia una niñez maltratada, abandonada, que hereda las actividades y vicios de sus progenitores, lo que ocasiona que a muy temprana edad ya seas todo un vicioso, lo que te lleva a empezar a delinquir uniéndote a los diferentes grupos que se forman para robar, vender drogas o cualquier cosa que deje dinero para seguir enviciándote. En ese semillero de niños problema inicié mi vida.

Fui como cualquier niño de la colonia hasta que llegó el tiempo de acudir a la primaria. Mi madre me enlistó en la José Antonio Torres a la que asistí con mucho sacrificio, muchas pintas y muchos chanclazos de mi madre porque yo odiaba la escuela. Al llegar al cuarto año no pude más; me dediqué a hacer vagancias.

Tenía ocho años cuando invitaron a la familia a una fiesta de 15 años en un casinito del barrio. En ese lugar, bajo los influjos del alcohol, mi papá se vio envuelto en una discusión que terminó en pleito. Mi padre perdió la vida, quedando mis dos hermanos y yo al cuidado de mi madre, la que tenía que trabajar mucho para cubrir los gastos del hogar. Con eso el descuido fue mayor.

A los diez años, hice amistad con un chico ya mayor de edad del barrio que me dijo un día que si le hacía un mandado yendo a la casa de su primo a recoger una caja de herramientas, a lo que le dije que sí. Enseguida me prestó una bicicleta, diciéndome a la vez que no abriera la caja en el trayecto. Yo ya sabía dónde era aquella casa por lo que llegué rápido y de inmediato me regresé con el encargo a casa de mi amigo. La abrió delante de mí, sacando unas bolsas con un polvo como harina. Al abrir una de ellas con una navaja hizo dos rayitas y con un popote se las metió por la nariz, luego sacó diez pesos y me los dio como pago por el mandado. Así continué muchas veces trayendo la caja, cobrando mis diez pesos y viendo como mi amigo se metía las rayitas por la nariz. Verlo me empezó a dar tentación, hasta que un día recogí la caja y fui directo a mi casa, abrí la caja, saqué polvito de una bolsa, hice dos rayitas como mi amigo y pa´ dentro. Me gustó como me sentí y de ahí nació mi adicción a la llamada coca, por lo que empecé a ocupar más dinero para abastecer mi vicio.

 

Lucila Ruiz Jiménez

Lucila Ruiz Jiménez

 

A los 15 años, empecé a trabajar por mi cuenta. En la bicicleta me la pasaba aventando michas, sobre todo en la prepa dos, había muchos clientes y de ahí salió para comprar mi primer vehículo, un Atlantic. Con él podía moverme a más lugares, fui haciendo amigos que se dedicaban al negocio y como era bueno para vender me fueron teniendo confianza. Me empezaron a soltar mercancía de uno o dos kilos, fui empezando a poner en tienditas donde me iba muy bien, pero un día en el 2008 llegó la plaza L-V y que me alinean. Me pusieron a trabajar para ellos, dándome michas con etiquetas y piedra en cápsulas. Empecé a ver que no me convenía, pues no salía la misma ganancia. Eran los días por los que me había juntado con mi novia, tenía 19 años, y apenas me alcanzaba para rentar un cuarto de vecindad y mal comer.

Decidí salirme de la venta de michas y les dije a los jefes que quería andar con los grandes. Me pusieron a alinear gente con apoyo del comandante y del jefe del grupo de la judicial en la que participábamos todos revueltos. Había que quitarles el material y alinearlos; si no querían, iban a caer a la penal con material que nosotros les poníamos. Duré haciendo ese jale como un año, hasta que me pusieron a recoger el dinero de las tienditas de droga y tenía que llevarlo a la oficina. Un día que llevaba el dinero de la venta, vi que la oficina estaba llena de marinos, después supe que agarraron a varios compañeros y fue entonces que tuve que desafanarme de ese jale.

Andando por el barrio, me abordaron unas personas del cartel que tenía el poder y me dijeron que me alineara con ellos. Les respondí que yo ya no me dedicaba a eso, y se fueron diciendo que lo pensara. Después de unos años rayando la línea de pobreza, platiqué con unos amigos del barrio, los que se dedicaban a robar carros, les pedí que me invitaran y me dijeron que sí. Para quitarme el miedo, me tuve que poner bien drogado y mi primer jale fue un Golf del año por el que me dieron 25 mil pesos. Así empecé en el robo de vehículos, donde mis ingresos eran buenos.

En el 2011 me robé un carro en el que fui detenido y vine a parar al reclusorio preventivo durante 9 meses. Al salir, volví a lo mismo pero esta vez me agarró la Plaza y me alineó con un cobro mensual de 20 mil pesos. Con el tiempo, me detuvieron en otras dos ocasiones por el mismo delito pero no duraba mucho preso, hasta esta cuarta caída. Van tres años y no se ve clara mi salida, espero que pronto pueda irme de este lugar para seguir chambeando en lo mismo porque no sé hacer otra cosa y tengo mujer e hijos que mantener.

 

Roger Ortega

Roger Ortega