Citlalli Santoyo Ramos

“Eres vara de romero, madre del deseo, que el río cantó
Eres suripanta del pueblo, la mujer que más quiero
Que me da de beber
Agua de rosas dame de beber que esta tristeza acabe de una vez…”
(Lila Downs / Paul Cohen)

Siempre me ha gustado el Parque Morelos, sobre todo en primavera; aunque estemos en invierno, siempre me ha gustado el Parque Morelos.

El parque se ubica por la Calzada Independencia y las calles de Juan Manuel y Juan Diego; a uno de los costados se encuentran la Cruz Roja y una escuela llamada Basilio Badillo a la que acudí cuando tenía 10 años para participar en un concurso de matemáticas y gané el segundo lugar, curiosamente nunca he sido la mejor.

El parque tiene enormes árboles de Jacarandas que parecen alcanzar el cielo, sus hojas color lila florecen honestamente en primavera y caen en el otoño de manera nostálgica como casi todo lo que ocurre antes de que venga el invierno y con ello la muerte. En el parque Morelos se pone el tianguis del día de muertos; las calaveras de azúcar, el pan de muertos, las flores de cempoalxóchitl, los juguetes tradicionales y el colorido papel picado para erigir los altares de día de muertos enriquecen el paisaje verde-lila de la alameda.

Además de reunir la vida y la muerte, en el parque Morelos conviven varios mundos, desde el tianguis de día de muertos o el navideño hasta las madres e hijos que juegan en las canchitas de fútbol o los juegos mecánicos, las personas que degustan una famosa nieve raspada, o aquellos que entran y salen de los bares y tabernas con sus puertas cerradas y música a todo volumen.
Siempre creí que conocía bien el parque. Cuando era niña iba con mi familia a tomar una nieve a la nevería del pingüinito “La fuente” y mis tías, primas, mi abuelita, mi mamá y yo llenábamos toda la nevería. Sin embargo, no lo conocí en realidad hasta el año 2009 en que volví al parque con una mirada diferente.

Terminé la carrera de Psicología con un empleo en una asociación civil dedicada a la prevención del VIH e ITS en “poblaciones vulnerables”, aunque en estos casi diez años aún no puedo definir qué es eso de vulnerables.

En CHECCOS, la asociación donde trabajé, casi todo se aprendía rápido o moría supeditado a los caprichos de mi jefe que un día me dijo: “Citlalli, te harás cargo del proyecto “Rosas en Parque”. Éste consistía en acudir al parque Morelos y la zona de San Juan de Dios con mujeres que se dedicaban al trabajo sexual a entregarles insumos de prevención como condones y proporcionar “educación sexual”, información para prevenir ITS.

Sí, ahí estaba yo, la inexperta que solo había tenido una pareja sexual y una experiencia de embarazo adolescente, educando sexualmente; en realidad las que me compartían su sabiduría y formas de autocuidado sexual fueron siempre ellas.

La primera vez que entré al parque con mis nuevos ojos fue una mañana de noviembre. Llegué con mi morral lleno de condones, me sentía temerosa, con ese miedo alimentado por la ignorancia, el desconocimiento y el prejuicio; no me gustaba sentir la mirada de la gente, en especial la de los hombres. De pronto había pasado en un lapso de veinte años de estar bebiendo nieves raspadas con las mujeres de mi familia a estar tragando saliva por el estrés que me generaba estar parada ahí, tres veces por semana repartiendo condones.

 

Roger Ortega

Roger Ortega

 

La primera persona que conocí fue a Rosa, una mujer que en aquel entonces tenía 46 años, morena, chaparrita y con una voz chillante. Al principio tenía mucho miedo de que me fuera a golpear porque diario andaba de “ajerosa” conmigo. “La gordita de los condones” se refería a mí y casi todo el tiempo en un tono exigente me pedía condones para ella y “unas amigas” que estaban en servicio, decía. Si se los negaba, con una voz chillante me decía que le daba pocos, siempre reclamaba. En un inicio me molestaba pero más tarde comprendí que toda exigencia es reflejo de nuestras heridas de abandono y exclusión, como si exigiendo a los demás lográramos saciar a la niña enojada que nos persigue hasta no encontrar justicia. Siempre terminaba dando doble ración de condones a Rosa.

Al principio me movía sin confianza por el parque, con mi cuerpo todo entumido, realizaba los abordajes muy rápido, mientras menos tiempo tuviera que estar en el parque mejor, pero poco a poco fui tomando confianza. Platicaba con Rosa, Sofi, Gaby, Graciela, Mely, Paola, me sentaba junto con ellas, me apropié del espacio y de mi cuerpo en el parque, platicábamos de la vida, de los hijos, de los rituales de higiene después de una jornada laboral, del baño nocturno como un intento de borrar las memorias de las manos, el cuerpo y las miradas de los clientes.

A pesar de que numerosas tardes me senté a platicar con quienes consideraba mis amigas, había momentos en que la separación entre nosotras era más que clara, cuando un cliente se acercaba preguntando cuánto cobraba yo, ellas saltaban como fieras a decir que no, que cómo se le ocurría a aquel hombre preguntarme eso, yo era una mujer decente, decían. A mí me daba mucha risa que los clientes se acercaran a mí, quizás risa de ansiedad, de tentación por compensar mi raquítico salario en la asociación.
Y no solo era risa lo que me daba, sino tristeza. ¿De verdad éramos tan diferentes? Con su defensa se encargaban de que cada mujer estuviera en su sitio, en aquel parque se notaba la jerarquía, una división entre las mujeres buenas y malas, las decentes y las indecentes, las putas y las santas, ¿era yo buena, decente, santa? Vaya ironía diría la Citlalli de 16 años que a sus 23 en el parque era una santa, y a sus 17 una puta por haber tenido relaciones sexuales con su novio y procreado un chamaco. ”Por todos lados se cuecen habas,” reza el dicho popular, y al final de cuentas aprendí a responder a los clientes, “no, ahorita no estoy en servicio.”

Servicio, vaya palabra, denota por supuesto una actitud comercial, el comercio del sexo, que implica también a un cliente, a diferencia de la palabra prostituta que solo alude a quien se prostituye, o una palabra peor, la de puta, que la estigmatiza y no solo a quien ejerce un trabajo sexual sino a toda aquella mujer que es capaz de salirse de la norma. Otras muchas veces había sido puta y por primera vez no me acomplejaba, digamos que también aprendí a seguir platicando con mis amigas del parque y compartir el estigma.

Una de nuestras pláticas que más llamaba mi atención era la relacionada con el autocuidado. “Yo siempre he salido bien librada en las pruebas,” me decía Rosa, cuyo ritual al llegar de su jornada laboral vespertina consistía en una lavado vaginal con un chorrito de cloro. Decía que hacer eso todo este tiempo la había mantenido lejos de los doctores y del virus del papiloma. ¿Por qué cloro?, me he preguntado, quizás sea como dice la publicidad de una marca de limpieza “limpia lo que ves y desinfecta lo que no ves.” Lo cierto es que para aquellas mujeres lavar con excesivo cuidado el cuerpo después de una tarde de trabajo en el parque representaba una limpieza profunda de aquello que no querían sentir, al igual que separar la mente de su cuerpo cuando daban servicio a algún hombre. Cada que estoy con alguien, pienso en otra cosa, solo quiero que termine y ya, decían algunas.

¿Cómo lograr con el baño hacer resbalar lo que en la mente se percibe como sucio y trasmuta en sensaciones corporales? ¿Cómo ir por la vida con la cabeza y el cuerpo divididos? El cuerpo es lo primero que se ve, y portador de nuestra historia personal, revela lo que queremos ocultar, es indiscreto pues no sabe callar.

Cuando contacté por primera vez con mujeres mayores que se dedican al trabajo sexual, lo primero que su cuerpo me reveló fue su dentadura incompleta. No podía yo explicar por qué a la gran mayoría de las mujeres de la tercera edad en estas circunstancias les faltaba más de una pieza dental y cómo su piel parecía ajada por el sol y con surcos agrietados, caminos que parecían conducir en aquellos a historias que más tarde comprendería como memorias de exclusión.

Cuando Rosa fue adquiriendo más confianza conmigo, me platicó relatos de su vida, que si bien distaban mucho de la mía, hacían eco en algunas características compartidas, por ejemplo, el abuso sexual que vivió por parte de su padre y que le hizo huir de su pueblo a los 12 años hasta llegar a insertarse en el trabajo sexual. O la historia de su hija que tuvo a los 14 años y que también terminó en el trabajo sexual, siendo asesinada en el hotel París por tres militares; aquella era una herida que parecía no poder sanar, reflejada en las imparables lágrimas que mostraban su dolor cada que me platicaba.

Rosa me habló de lo mucho que quería a sus nietos, a quienes les decía que vendía pollo cuando le preguntaban en qué trabajaba. Decía que comprarles zapatos y mantener limpia su casa en la que vivía sola, era su placer y su dicha, porque ella no podía conocer el placer en su trabajo, solo en su interior, en su intimidad, que curiosamente no es la sexual. Ella se refería a su casa como un templo, decía que la colmaba de paz tenerla ordenada y con plantas. Cuando me hablaba de las heridas de su infancia, mencionaba que su trabajo podía ayudarle a comprarse zapatos a ella, a sus hijos y a sus nietos. Tenía unos pies muy cuidados, solía usar huaraches, llamaba mi atención que cada día que la veía traía un par diferente y las uñas de sus pies estaban pintadas con figuritas.

La tarde en que Rosa me compartió su historia y la de su hija no pude dejar de escuchar su voz y sollozo en mis sueños, me dolía el pecho. Esa noche me soñé a mí misma de pequeña persiguiéndome, con unos dientes afilados, y al mismo tiempo escuchando la voz de Rosa diciendo: “compro zapatos para mi descalza niñez”.

¿De qué manera una llega a cuidarse a sí misma, acunarse y sanarse las heridas de la propia infancia haciendo consigo lo que no pudieron hacer un padre o una madre? Dicen que una de las leyes de las heridas es: “herimos donde hemos sido heridos”, “hago conmigo lo que me hicieron.” Rosa me enseñaba una valiosa lección: que una puede, a pesar de todo, sanar las heridas y llegar a ser su propia madre.

Por varios años me había preguntado por qué el destino insistía en colocarme en los lugares donde tenía que estar en contacto con temas de sexualidad. Caminando por el parque con mi cuerpo entumecido, temeroso de la agresión, anoréxico sexual, hambriento de amor, me revelaba que mi historia sexual seguía siendo un tema pendiente.

He escrito estas líneas, evocando en mi memoria las experiencias hechas imágenes. Desde mi mente hago este recorrido a través de mis recuerdos, sin embargo mi cuerpo fue testigo de todo esto y guarda su memoria particular. El cuerpo siempre es primero, dice Foucault,  lugar absoluto, despiadado, que confronta la utopía del alma, actor principal que solo calla ante el espejo, ante el cadáver o ante el amor.