Citlalli Santoyo Ramos

 

Ante el panorama desolador de violencia en nuestro país que parece llevarnos en picada hacia un precipicio, es necesario preguntarnos cómo podemos salvarnos de la destrucción inminente y el abismo. Hay quienes afirman que es mejor pensar en el proceso y no en el resultado y es verdad porque pensar solo en el resultado puede ser demasiada tortura.

Vivir en el futuro y en la “posibilidad de” nos puede impedir ser claridosos en los “cómo”, los cuales podrían reflejar respuestas para salir de este atolladero. Sin embargo, hoy más que nunca México necesita resultados, cambios estructurales que parecieran no poder esperar al largo plazo, sino que son urgentes y a corto plazo. Sí, leyó bien, cambios estructurales a corto plazo.

Una de las respuestas que pretendió mejorar el panorama de nuestro país fue la reforma constitucional sobre el sistema penal en el 2008. Cabe preguntarnos qué tanto hemos avanzado a diez años en este proceso transitorio entre un sistema penal inquisitivo y el acusatorio cuya aspiración máxima no solo es la transformación del sistema per se, sino la implementación de otros “cómo”, de otros modos de hacer a lo que debería de ser el derecho penal y procesal de nuestros tiempos, así como el surgimiento de una nueva cultura de concebir y hacer justicia, de una nueva sociedad.

Y es que quizá ahí está uno de los problemas, en creer que vivimos en una sociedad “ideal”, una sociedad con consensos previos ante los cuales existen leyes para regular esos consensos y castigos para quienes no los cumplan. Sin embargo, ahí radican nuestros martirios en el entendimiento simplista entre cumplir y no cumplir, ahí precisamente están nuestras torturas.

En ese sentido, ¿Qué es la justicia?, ¿Cuál es el fin último de la justicia?, ¿es el castigo por desafiar las leyes? o ¿es el castigo por el mal o daño causado cuyo bien protegía alguna ley?, ¿o ambas? ¿Es la reparación por ese mal o daño que se infligió? ¿Qué es daño?, ¿Qué es reparar? Son apenas preguntas que nos llevan al comienzo de intentar contener lo que constantemente parece escaparse de nuestras manos, y cuyas respuestas pretenden encontrarse en lo que estamos conociendo como el sistema acusatorio.

En la evaluación de las ideas penales, en la antigüedad existió la venganza privada como práctica legal, en donde la parte dañada podía hacer justicia por su propia mano. Posteriormente entró “la ley de talión” a regular el exceso de venganza; en esas modalidades podríamos decir que tanto las personas que dañaban como las que eran dañadas tenían un papel protagónico, las victimas podrían encontrar una especie de satisfacción y quienes victimaban pagaban en alguna medida el daño, eran acuerdos entre partes.

Eso fue evolucionando hasta dejar la solución en manos del aparato burocrático del Estado-Nación, donde la satisfacción o reparación del daño ha tenido un papel solo en el papel, que de entrada solo se centra en los aspectos económicos y psicológicos, si es que llegan a materializarse.

Portada del Diplomado en Crimen, Justicia e Inclusión Social

Portada del Diplomado en Crimen, Justicia e Inclusión Social

 

Sin embargo, hablar de reparación del daño es ir más allá del dinero y la locura, en las tendencias actuales. Acorde a los  estándares de derecho internacional se refiere a la reparación integral del daño, a la restauración, a “regresar en medida de lo posible al estado en el que se encontraba”, este es un desafío que enfrentamos no solo en el nivel de sistema de justicia penal, de justicia restaurativa, sino como seres humanos.

En este sentido, ¿de qué manera existe la posibilidad o posibilidades de la restauración?, ¿de qué manera afrontamos las heridas y las sanamos de manera cabal en media de lo posible? Los daños no solo son para las personas que los viven directamente, sino para quienes dañan a través de sus acciones y para la sociedad en su conjunto.

El sistema de justicia penal acusatorio ha llegado para reflejar y evidenciar cual fiel espejo nuestras fallas en el ejercicio del acceso a la justicia, y ofrece de manera esperanzadora una posibilidad de reparación integral para las víctimas y reintegración social para quienes han realizado algún tipo de daño, o al menos eso es lo que se quiere.

Hablar sobre reparación es tremendamente complejo sobre todo cuando nos colocamos en intelecciones dicotómicas que dividen y separan a la sociedad entre “buenos y malos” entre “cumplir y no cumplir”. Volvamos al tema de creer que vivimos en una “sociedad ideal”, esta ficción deriva en pensar que la justicia punitiva o del castigo es la solución para los males que nos aquejan, para las vulneraciones graves de derechos humanos que vivimos hoy en día, porque si creemos que existe una sociedad ideal entonces hablamos de “re-inserción” social. Sin embargo, yo me pregunto, ¿es posible hablar de justicia penal y restaurativa, despegado de la justicia social?, no lo creo. De entrada tendríamos que reconocer nuestras diferencias y no para justificar que existen personas que dañan gravemente a otras, sino para dialogar cuáles son nuestras posturas en torno a la vida y a nuestras formas de organización en una misma sociedad.

Estigmatizando a quienes están acusados de cometer delitos solo perpetúa los problemas de segregación y desigualdad citados por las principales teorías de la criminología como las principales causas de la delincuencia. Para lograr una verdadera “re-inserción” habrá que comenzar con el diálogo.

Inside-Out es un modelo que representa una posibilidad en todo este embrollo, de entrada porque al generar un espacio de reflexión con compañeros privados de su libertad, posibilita el conocimiento y el diálogo de saberes a través de nuestras diferentes historias, al reparar en algo pequeño el derecho a la educación y con ello formar justicia social. Aunque no reúne víctimas y victimarios de un crimen, nos permite entender que todos hemos causado y sufrido daños y todos somos mucho más que “la víctima” o “el victimario” de un acto.

Quizás la posibilidad de comprensión de qué es lo que nos pasa y cómo nos está pasando, pueda contribuir en algún momento lo  que se divisa a años luz de nosotros: la justicia restaurativa, dándonos cuenta que la restauración que requiere nuestra sociedad es algo colectivo, que requiere la participación de todos y todas.

 

Mónica Vargas

Mónica Vargas